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Mi secreto ardiente con Kim en el yate privado

Estábamos en ese yate impresionante, anclado frente a las calas de la Costa Azul. Todo lujo: cubiertas de teca pulida, sofás de cuero blanco que olían a sol y sal marina, champán Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal. Nuestros maridos, Frédéric y el mío, revisaban contratos millonarios en la mesa del salón principal. Inversiones en Dubái, yates nuevos, el rollo de siempre en nuestro círculo VIP.

Kim era la nueva de Frédéric. Asiática, menuda, piel dorada como miel, cuerpo atlético, tetas pequeñas pero firmes, culo plano pero con esa fuerza felina. No hablaba mucho, pero sus ojos negros… uf, te clavaban. Yo la observaba de reojo mientras fingía leer un dossier. Ella lo notaba. Siempre. Nuestras miradas se cruzaban, cargadas. ¿Desafío? ¿Deseo? El aire se ponía espeso, como antes de una tormenta.

La tensión sube en el yate de lujo

Los hombres charlaban fuerte, riendo de números y tratos. Yo me serví otro champán, el frío del cristal contra mis labios, el dulzor explotando en la lengua. Kim se acercó, rozando mi brazo con el suyo. ‘¿Todo bien con los papeles?’, me dijo bajito, su voz suave pero dominante. Asentí, el corazón acelerado. Ella sonrió, esa mueca superior. ‘Ven, ayúdame con esto abajo’, murmuró, señalando una carpeta. Bajamos al camarote privado, el que solo usábamos para… cosas exclusivas. La puerta se cerró con un clic suave. Espacio VIP, solo nosotras.

De repente, su mano en mi cintura. ‘Te miro demasiado, ¿eh? Sé que lo quieres desde hace meses’. Me empujó contra la pared forrada de seda. Sus brazos fuertes me envolvieron. Desató el lazo de mi bikini bajo la falda de lino, su rodilla separó mis muslos. ‘Mírame’, ordenó. Sus ojos negros me hipnotizaron. Su palma plana en mi coño, frotando ya fuerte. ‘Estás empapada, puta’, rio bajito. Yo… nada. Parálisis total. Solo gemí, enterrando la cara en su cuello, oliendo su piel salada, mezcla de crema solar y sudor.

Brutal, precisa. Dedos a lo ancho, sin meterlos. Mi coño chorreaba, el clac-clac húmedo llenaba el camarote. Olía a sexo puro, a concha abierta. Movimientos circulares, mi clítoris hinchado rodando bajo su mano. ‘Vas a correrme ya’, susurró. Olas subiendo, mi cuerpo temblando. El orgasmo llegó en ráfagas. La última me dejó tiesa, gritando contra su hombro mientras ella reía. ‘Buena chica’.

El clímax salvaje y el regreso a las apariencias

Sin fuerzas, me aferré a ella. Quería un beso, ternura. Nada. Me apartó, pellizcó mis pezones duros tirando hasta que caí de rodillas. Bajó su bikini un poco, pubis depilado, liso como seda. ‘Bésalo’, presionó mi cabeza. Lo hice. Suave, cálido, invitador. Primer contacto con un coño ajeno. No sexual del todo, más… gratitud. Si me hubiera pedido lamerla, lo habría hecho. Pero no. ‘Ya está. Arréglate, nos esperan arriba. No vaya a ser que alguien pase’.

Me levanté temblando. Mi bikini colgaba, coño entumecido, jugos goteando por los muslos. El sol entraba por la claraboya, cegador. No la miré. Su risa: ‘Todas igual. Altivas por fuera, pero un roce en el coño y os derrumbáis. No eres la primera, eh’. Caminé delante, sintiendo su mirada en mi culo.

Arriba, todo normal. Copas tintineando, maridos discutiendo cláusulas. Dejé los dossiers, me tiré al agua para borrar el olor a corrida. Salí, gafas de sol puestas. Fácil fingir. Los niños pedían comida, mi marido un beso rápido. Kim ya bronceaba, inocente, pechos subiendo lentos. Su mano derecha, corta, uñas perfectas… la que me había hecho explotar.

Desde entonces, la espero. En cenas, jets privados, clubs exclusivos. Nada. Solo distancia. Pero cuando me toco, pienso en su mano plana en mi coño, el frotado experto. Quiero devolverle el favor, verla correrse gritando. Ese secreto elite nos une, aunque finja. En este mundo de poder, ella manda.

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