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Mi noche prohibida en el yate privado con mi sobrino

Ay, chicas, acabo de bajar del yate privado de la Costa Azul. Fue… inolvidable. Viernes por la noche, el sol se ponía tiñendo el mar de naranja, y el aire olía a sal y a cuero nuevo de los asientos en la cubierta. Mi sobrino Damien, ese chaval de 19 años que no veía en un año, subió conmigo. Dios, cómo ha cambiado. Alto, 1,85, pelo claro, cuerpo de atleta. Yo, con mi vestido corto de seda negra, ajustado, que subía por mis muslos con cada paso. Él no quitaba ojo.

Estábamos allí por negocios familiares, revisando contratos para la nueva extensión del imperio de mi marido. Papeles sobre la mesa de cristal, copas de Dom Pérignon burbujeando, frío y dulce en la lengua. ‘Tía, has cambiado poco, estás… espectacular’, me dijo, tartamudeando un poco. Sonreí, crucé las piernas, sintiendo su mirada quemándome la piel. El calor subía, no solo por el julio. Hablamos de tonterías, de sus estudios de derecho, pero sus ojos bajaban a mis pechos, a mis piernas desnudas. El yate zumbaba suave, motores de lujo, y de pronto, mi marido se excusó: ‘Voy a la cabina a descansar del viaje’. Nos quedamos solos en la zona VIP. El espacio se volvió íntimo, como si el mar nos aislara.

La llegada y la tensión en cubierta

Le propuse probar el jacuzzi privado en la suite superior. ‘Cámbiate, pero eh… no traje bañador’, balbuceó. Reí bajito. ‘Entra primero, con las burbujas no veo nada’. El agua humeaba, caliente, olor a sales de baño caras, vapor subiendo. Entró desnudo, yo con bikini negro diminuto, dorados brillando. Me metí, las burbujas masajeando mi piel. Charla inocente al principio: universidad, chicas. ‘No tengo experiencia, tía… soy virgen’. Mi coño se mojó al oírlo. ‘Déjame ayudarte, cielo’. Tensionó el aire.

Se acercó, le quité el top del bikini despacio. Mis tetas saltaron libres, pezones duros. ‘Tócame’. Sus manos temblaban, olor a su piel joven mezclándose con el champán. Luego el tanga, bajándolo yo misma, abriéndome ante él. Mi coño depilado, labios hinchados, jugoso. Él se levantó, polla tiesa, perfecta, no enorme pero dura como piedra, venas palpitando. ‘Qué polla más bonita’, murmuré, y la cogí. La piel suave, caliente. La chupé sin aviso, lengua girando en el glande, bolas en mi mano. Gemía: ‘Joder, tía…’. Tragaba hondo, saliva chorreando, él jadeando.

Explosión en el jacuzzi privado

Pero yo ardía. Me subí al borde, piernas abiertas. ‘Ahora tú, lame mi coño’. Me comió torpe al principio, lengua ansiosa por todas partes, pero aprendía rápido. Clitóris hinchado, succionando, dedos entrando. ‘Sí, así, cabrón…’. No aguanté, orgasmo me sacudió, jugos en su boca. Luego, en el pasillo de la suite, alfombra persa suave, espejo enorme reflejando todo. Me puse a cuatro, culo en pompa. ‘Fóllame, Damien, métemela ya’. Empujó brutal, polla abriéndose paso en mi coño empapado. ‘¡Qué apretado, joder!’, gruñó. Ritmo feroz, cachetadas de huevos contra mí, tetas balanceándose. ‘¡Destrózame el coño! Más fuerte, como a una puta’. Sudor, olor a sexo puro, piel contra piel. Él: ‘Tía, me corro…’. ‘¡Dentro, lléname de leche!’. Explotó, chorros calientes inundándome, yo gritando en el espejo, viendo mi cara de zorra.

Minutos después, duchados, vestidos impecables. Bajamos a cubierta como si nada. Mi marido: ‘¿Todo bien con el jacuzzi?’. Sonrisas educadas, contratos firmados. Damien me guiñó ojo disimulado. Nuestro secreto de élite, ese fuego compartido en el lujo. Aún siento su semen goteando…

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