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Mi reencuentro ardiente en el yate privado de lujo

Acabo de bajar del yate de mi jefe, el Olympus, anclado en las aguas cristalinas de Ibiza. Todo empezó esta tarde, en ese club exclusivo donde los contratos millonarios se firman entre copas de Dom Pérignon. Yo, vestida con un traje de seda negro que se pega a mis curvas, revisando dossiers con él. Éric, mi amor de juventud, ahora un magnate del petróleo. No nos veíamos desde hace veinte años, desde aquella promesa rota por su padre policía. Pero ahí estaba, con su traje Armani, olor a cuero italiano y colonia cara flotando en el aire.

Sus ojos… Dios, esos ojos me perforaban. ‘Francisca, ¿sigues tan salvaje como antes?’, me dijo con voz ronca, mientras firmábamos el acuerdo. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa. El calor del sol en la cubierta, el salitre en la piel, el champagne burbujeando en mi garganta, dulce y frío. Nuestras manos se rozaron al pasar las páginas, un escalofrío. ‘No aquí, hay gente’, susurré, pero mi coño ya palpitaba. Él sonrió, esa sonrisa de poder. ‘Ven al yate esta noche. Solo nosotros y el mar’.

La tensión sube en la cubierta VIP

Llegué al atardecer, el yate brillaba con luces LED, tripulación invisible. Subí la pasarela, tacones resonando en la madera pulida. Éric me esperaba en la cubierta superior, con una botella de Krug helada. ‘Siéntate, hablemos de negocios… y de nosotros’. Nos sentamos en sofás de cuero blanco, suaves como piel de bebé. El viento jugaba con mi pelo, olor a mar y a su excitación. Hablamos de contratos, pero las miradas… largas, hambrientas. Su mano en mi rodilla, subiendo despacio. ‘Te he echado de menos, tu cuerpo…’. Dudé, mordí mi labio. ‘Éric, esto es peligroso, pero joder, te deseo’. El espacio VIP se volvió privado: pulsó un botón, la cubierta se aisló con paneles opacos. Solo nosotros.

Me levantó como una pluma, labios chocando, lenguas enredadas con sabor a champagne. ‘Quítate eso’, gruñó, rasgando mi vestido. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como diamantes. Él chupó uno, mordió suave, yo gemí arqueándome. ‘Joder, qué tetas tan perfectas’. Sus manos bajaron, palpando mi culo firme bajo la tanga de encaje. La arranqué yo misma, coño empapado reluciendo a la luz tenue. ‘Mírame, estoy chorreando por ti’. Se bajó los pantalones, su polla enorme, venosa, tiesa como acero. ‘Chúpala, puta mía’. Arrodillada en la alfombra persa, la tragué entera, saliva goteando, bolas en mi mano. Él jadeaba, ‘Sí, así, cabrona, traga mi verga’.

El clímax brutal en la cabina privada

Me tumbó en el sofá de cuero, crujiendo bajo nosotros. Piernas abiertas, él lamió mi coño, lengua hurgando el clítoris, dedos metidos hasta el fondo. ‘Estás tan mojada, sabor a miel’. Grité, ‘¡Fóllame ya, no aguanto!’. Empujó su polla de un golpe, rompiéndome, coño estirado al límite. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, embistió brutal, huevos golpeando mi culo. Yo clavaba uñas en su espalda, ‘Más fuerte, rómpeme el coño’. Sudor mezclado, olor a sexo y cuero. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, tetas botando, su polla tocando mi útero. ‘Me vengo, Éric… ¡ahhh!’. Él me volteó a cuatro patas, follándome como animal, mano en mi pelo. ‘Toma mi leche, zorra’. Eyaculó dentro, chorros calientes llenándome, goteando por mis muslos.

Jadeando, nos separamos. Él me pasó una toalla de seda, champagne fresco. ‘Vístete, amor. Mañana firmamos otro contrato’. Apariencias intactas, sonrisas educadas. Bajé del yate como si nada, piernas temblando. Nuestro secreto de élite: poder, lujo y ese polvo inolvidable. Mañana, más negocios… y quién sabe.

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