Acabo de volver de ese yate privado en la Costa Azul. Dios, aún siento el olor a cuero caro mezclado con sal marina. Mi marido y yo estábamos allí por negocios, firmando contratos con ese tipo, un español musculoso, alto como un dios griego. Vestido con camisa ajustada que marcaba cada pectoral, pantalones que insinuaban… ya sabes. Yo llevaba un vestido de seda negra, ceñido, sin bragas, sintiendo el roce fresco contra mi piel cada vez que me movía.
Estábamos en la cubierta superior, VIP total, champán Dom Pérignon en copas heladas. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja. Hablábamos de cifras, fusiones, pero sus ojos… uf, me devoraban. ‘Señora, este contrato es jugoso’, dijo él, con voz grave, mirándome las tetas. Mi marido asentía, pero yo notaba su polla endureciéndose bajo la mesa de cristal. Yo cruzaba las piernas, rozándome el coño sin querer. ‘¿Segura que no quieres revisar los detalles en privado?’, me soltó él, guiñando un ojo. Dudé, mordiéndome el labio. ‘Yo… bueno, quizás sí’. Mi marido sonrió, cómplice, sabiendo que esto era nuestro jueguito.
La tensión sube entre contratos y miradas ardientes
Nos levantamos, el aire cargado. Caminamos hacia la cabina principal, mis tacones clicando en la madera pulida. Él delante, culo firme. Entramos, puerta corredera de cristal esmerilado que se cierra con un clic suave. Espacio privado ya, lujo puro: cama king size con sábanas de hilo egipcio, minibar con hielo tintineando. ‘Ven aquí’, murmuró, atrayéndome. Sus manos grandes en mi cintura, olor a colonia cara y sudor masculino. Me besa el cuello, mordisquea. ‘Joder, qué tetas tan perfectas’. Le bajo la cremallera, polla saltando libre, gruesa, venosa, goteando ya. ‘Mmm, mira qué verga tan grande’, digo, lamiéndome los labios.
El clímax brutal en la cabina privada
Lo empujo al sofá de cuero, huelo su calor. Me arrodillo, pelo suelto rozando sus muslos. Abro la boca, chupo la punta, salada, dura como hierro. ‘¡Sí, mámamela entera, puta!’, gruñe. La engullo, garganta profunda, babeando, sus bolas peludas contra mi barbilla. Él gime, agarra mi cabeza. ‘Para, quiero follarte ya’. Me pone de rodillas en la cama, vestido subido, coño expuesto, húmedo chorreando. ‘Mira cómo estás de mojada, zorra’. Me mete dos dedos, chapoteo obsceno, me corro rápido, gritando ‘¡Ay, joder, sí!’. Luego su polla, de un empujón, me parte en dos. Folla duro, palmadas en mi culo, tetas balanceándose. ‘¡Fóllame más fuerte, cabrón!’, pido, arqueándome. Cambiamos, yo encima, cabalgando, clítoris frotando su pubis, sudor goteando. Él me aprieta los pezones, duros como piedras. ‘Me voy a correr’, jadea. ‘Dentro, lléname el coño de leche’. Eyacula chorros calientes, rebosando, yo tiemblo en otro orgasmo, uñas en su pecho.
Quedamos jadeando, cuerpos pegados, semen escurriendo por mis muslos. Beso suave, ‘Ha sido… increíble’. Nos vestimos rápido, peino mi melena revuelta, él se abrocha la camisa. Salimos como si nada, sonrisas educadas. En cubierta, mi marido nos espera con otra copa. ‘¿Todo bien con el contrato?’, pregunta, ojos brillantes. ‘Perfecto’, digo, guiñándole. Brindamos, secreto compartido en ese mundo de élite. Ahora en casa, aún palpito recordándolo. ¿Repetimos pronto?