Era domingo por la mañana en Ibiza, sol acariciando el mar, yate privado del club más exclusivo. Yo, con mi vestido de seda negra ceñido al cuerpo, subiendo al yate para cerrar unos contratos millonarios. El aire olía a sal y Chanel N°5. Champagne Dom Pérignon en copa fría, burbujas picando en la lengua. En la sala VIP, rodeada de cuero italiano suave, negro brillante, repasaba los dossiers con el nuevo socio. Él, alto, traje Armani, ojos que me desnudaban ya desde el muelle.
—Hola, preciosa, ¿lista para firmar? —me dijo con voz grave, sentándose cerca. Sus rodillas rozaron las mías bajo la mesa de mármol. Yo crucé las piernas, sintiendo el calor subir. Papeles por todos lados, números jugosos, pero sus miradas… uf, me ponían la piel de gallina. Hablamos de deals, de exclusividad, pero el roce de su mano al pasarme el bolígrafo… eléctrico. El yate zarpó suave, música lounge de fondo.
La tensión sube entre contratos y miradas en el yate
Necesitaba un dossier extra de la bodega privada abajo. Bajé por la escalera de madera pulida, tacones resonando. La puerta entreabierta, luz tenue de una lámpara LED. Pensé: seguro el nuevo, lo vi ayer cargando cajas con amigos. Ronroneo del motor, olor a roble y vino añejo. Luz parpadea, se apaga. Oscuridad total. Voces lejanas arriba, fiesta empezando.
—¿Hola? ¿Alguien? —susurré, palpando la pared fría. Silencio, luego:
—Sí, estoy en mi zona, pero se fue la puta luz —voz masculina, ronca, cerca.
—¿Tienes linterna?
—No, y me di en la cabeza contra una caja de champán. ¿Puedes encender desde ahí?
—Intenté, nada. Tengo mi móvil, ilumíname hablando.
—Vale, ¿qué quieres que diga?
—Canta algo, anda.
Él rió bajito. “Volveré a ti, mi amor…” Voz cálida, sexy. Avancé guiada, pared áspera bajo dedos. Olor suyo: cuero, sudor limpio, hombre de verdad. No colonia barata, piel pura.
—Bien cantas, eh.
—Gracias, es difícil… Mira, ahí estás. Gira izquierda.
Sus zapatos italianos en la luz del móvil. Levanté, pero se apagó. Negro total.
—Mierda, pásamelo.
Sus dedos rozaron los míos al cogerlo. Pilas muertas. Reímos nerviosos.
—Vámonos juntos. Dame la mano.
El clímax brutal en la oscuridad absoluta
La suya grande, firme, envolvió la mía. Me tiró suave, palma contra pared. Excitación pura: desconocido en negro, lujo alrededor, adrenalina del poder. Su olor me volvía loca, cerca ahora. Se paró.
—Escucha…
—¿Qué?
—Shh. El motor. Vamos mal.
Mi nariz en su cuello. Huele a sexo inminente.
—Hueles jodidamente bien —murmuré.
—Tú también, nena.
Se giró, roce de tela como sábanas de hotel 5 estrellas. Sentí su polla dura contra mi muslo. Dios. Sus manos en mi culo, apretando seda, subiendo falda. Mordió mi cuello, suave al principio. Gemí bajito. Brazos alrededor suyo, besos hambrientos, lenguas enredadas, saliva dulce de champagne. Empujé pelvis contra su paquete tieso. Animal en celo.
Cayó de rodillas. Cabeza bajo vestido, manos tirando tanga de encaje. La lanzó al suelo. Suspiro caliente en muslos. Lengua directa a mi coño mojado, lamiendo labios hinchados. —Joder, estás empapada —gruñó. Dedos abriendo nalgas, lengua clavándose en clítoris. Grité suave, manos en su pelo, empujando cara contra mi chocho chorreante. Lamía febril, chupando jugos, dos dedos entrando, curvándose en punto G. Caderas bailando, pies arqueados en tacones, pared fría en espalda. Placer subiendo, coño contrayéndose. Luz volvió de golpe: orgasmo explotó, temblores en piernas, chorro caliente en su boca. Él lamiendo remates, tragando todo.
Pánico. Vergüenza elite. Lo empujé, corrí escalera arriba, tanga olvidada. Arriba, sol cegador, copa en mano.
—Hola, ¿has visto a alguien abajo?
—No —rojeé.
—Soy el nuevo socio. Nos cruzamos ayer.
—Ah, sí…
—Mandé a mi amigo por un dossier, se perdió.
Bajó gritando: “¡Manu, joder, date prisa!”. Yo sorbí champagne, piernas temblando aún. Secreto nuestro, de élite. Día apenas empezaba.