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Mi polvo salvaje con el tío de mi novio en su yate de lujo

Acabo de llegar al yate de Gregorio, el tío de mi novio Juan, anclado en una cala privada de la Costa Azul. Jet privado ayer, champán Dom Pérignon enfriándose en cubiteras de cristal. Soy Lydia, rubia menudita, ojos claros, el tipo de chica que pasa desapercibida… hasta que no. Gregorio es un toro: músculos duros, bronceado eterno, casi cincuenta pero parece un dios griego con pasta infinita. Juan llega en unos días, pero él ya está aquí, desnudo en la terraza de teca, oliendo a sal y loción cara después de su natación.

—Perdón… —murmuro, roja como un tomate, pero mis ojos se clavan en esa polla enorme colgando entre sus piernas musculosas.

La tensión sube en la cubierta VIP

—Tranquila, Lydia, es mi culpa. Eres tan discreta… —ríe, sin pudor, estirándose en el chaise longue de cuero blanco que huele a lujo y sol caliente.

La brisa marina roza mi piel, el sol calienta justo. Estamos solos, el yate es nuestro mundo exclusivo. Revisamos contratos en la sala VIP: él en bata de seda, yo con bikini verde diminuto. Sus ojos bajan a mis tetas, mis piernas. Manos rozan al pasar papeles, olor a su colonia fuerte me marea. Champán en labios, burbujas dulces, miradas que queman.

—¿Bronceas como yo? Sin nada —dice juguetón, quitándose la bata del todo. Su polla se mueve, pesada.

—Eh… no sé… —titubeo, pero ya estoy mojada, pezones duros contra la tela fina.

Encuentra crema en el armario azul, yo me cambio rápido. Vuelvo, él me mira devorándome.

—Estás buenísima, mi sobrino tiene suerte. Pero mírate, blanca como leche. Quítate todo, anda.

El espacio VIP se cierra: tripulación abajo, privacidad total. Me tumbo cerca, sol en piel, pero mis ojos van a esa verga gorda. Huele a mar y hombre. Mi coño palpita, mancho húmedo en el bikini.

De repente, se levanta, acerca su polla semi-dura a mi cara.

—¿Quieres tocarla? No niegues, se te ve la leche chorreando.

Tiemblo, pero mi mano la agarra. Caliente, venosa, palpita. —Dios, qué grande…

—Chúpala, blondie. Juan no te da esto.

Abro boca, lengua en el glande salado. Él desata mi bikini, manosea tetas pequeñas pero firmes. Gimo con la boca llena.

El clímax brutal y el secreto élite

—Cama arriba, sesenta y nueve —ordena.

Subo, coño liso en su cara. Lamida profunda, chupa clítoris, dedos en culo. —¡Joder, qué rico tu coñito! —Yo lamo polla entera, bolas pesadas, musgo varonil en lengua.

Me corro gritando, chorro en su boca. Él no para.

Ahora él encima, piernas abiertas. Polla en mi entrada. —Sin condón, te lleno de leche.

—Vale… fóllame duro —suplico, perdida.

Entra lento, estira coño al límite. —¡Ahhh! ¡Qué polla gorda! —Gime, embiste hasta fondo, huevos contra culo.

Me pone a cuatro patas. —Ahora el culo, puta.

—Despacio… —pero empujo atrás. Glans viscoso entra, duele rico, llena ano virgen. —¡Sí, rómpeme el culo!

Folla brutal: polla hinchada ramonea, manos en caderas, azotes en nalgas. Huele a sexo, sudor, champán derramado. Me corro anal, él eyacula dentro, leche caliente rebosa.

Tiembla encima, gruñe. Yo tiemblo, vacía.

Después, ducha rápida. Vuelvo en bata seda, él en traje impecable, champán nuevo.

—Nuestro secreto, Lydia. Juan no sabrá. Mañana más contratos… y más.

Sonreímos, brindamos. Apariencias perfectas, pero mi culo palpita con su semen. Adrenalina de poder, exclusividad pura. Quiero más.

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