Ay, chicas, acabo de volver de Ibiza y tengo que contaros esto. Estaba en el yate privado de mi amigo multimillonario, anclado en calas cristalinas. Todo lujo: sofás de cuero italiano que olían a rico, champán Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal, y el sol poniéndose tiñendo el mar de naranja. Vestida con un mini vestido de seda que se pegaba a mi piel sudada por la brisa salada.
Allí estaba Javier, un empresario en la treintena, fornido como un toro, con esa mirada que te desnuda. Hijo de una familia de hostelería top, pero con un rollo salvaje. Hablábamos de contratos en la zona VIP, dossiers sobre la mesa de mármol, piernas rozándose bajo la mesa. ‘Mira este deal, ¿lo firmamos?’, me dice, y sus ojos bajan a mi escote. Yo, nerviosa, ehh… sí, pero con calor subiendo. El aire acondicionado zumbaba suave, olor a su colonia cara mezclada con mar.
La tensión sube en el yate de lujo
De repente, se levanta. ‘Voy al baño’, murmura. La puerta de la suite privada queda entreabierta. No sé por qué, me acerco sigilosa. Y lo veo. Joder, su polla. Enorme, gorda, saliendo de los pantalones mientras mea. Nunca vi una así, ni en mis juguetes. Larga, venosa, cabezona. Me quedo paralizada, el corazón latiéndome en el coño.
Gribouille… espera, mi bolso hace ruido al caer. Se gira, polla al aire, gotas brillando. ‘¡Eres tú, Carmen! ¿Te asusté?’, dice riendo bajito. No la guarda. Yo, roja, ojos clavados: ‘Ehh… no… es que… joder, qué grande’. Se pone dura delante de mí, tiesa como una barra de acero. ‘¿Quieres tocarla?’, pregunta con voz ronca.
Dudo, pero el calor me quema entre las piernas. ‘Sí…’, susurro. Se acerca, huele a hombre excitado. Saca la verga del todo, me coge la mano. Suave, caliente, palpita. La muevo despacio, arriba abajo. ‘Así, nena, más fuerte’, gime. Acelero, la piel resbalando, venas hinchadas. No cabe en mi mano. Él me mira, detalla mis tetas bajo la seda, mi culo marcado.
‘Joder, tu mano es fuego’, jadea. Sigue latiendo, y pum, chorros de leche espesa salen disparados al suelo de teca. Salpica mi mano, caliente, pegajosa. Me aparto un poco, pero él sonríe: ‘¿Primera vez viendo correrse a un tío?’. ‘Sí… es… caliente’. Me besa entonces, lengua invadiendo mi boca, sabor a champán y sal. Me derrito, piernas temblando.
El clímax salvaje y el secreto elite
Sus manos bajan, aprietan mis tetas. ‘No… ehh sí…’, balbuceo. Me sube el vestido, seda susurrando. Dedos en mi tanga, tocan mi coño mojado. ‘Estás chorreando, puta rica’, dice. Frota el clítoris, mete un dedo, luego dos. Me folla con ellos, lento, profundo. Gimo contra su boca, olor a cuero y sexo. Aprieta mi culo, roza el ano. ‘¡Ahhh!’, exploto, coño contrayéndose, jugos bajando por muslos.
Pero no para. Me gira, me pone contra la pared de cristal, mar abajo. Baja mis bragas, polla dura otra vez contra mi raja. ‘Te voy a follar como mereces, elite’. Empuja, cabezona abriendo mi coño estrecho. Duele rico, llena todo. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñe. Me taladra, bolas golpeando mi clítoris. Sudor, jadeos, piel chocando. ‘Más fuerte, métemela toda’, pido. Me agarra las caderas, embiste salvaje. Vengo otra vez, gritando, uñas en el cuero.
Él se corre dentro, leche caliente inundándome. ‘Toma, mi puta VIP’. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegados.
Luego, rápido: nos arreglamos. Vestido abajo, polla guardada. Salimos a la cubierta, copas en mano. ‘¿Firmamos ese contrato?’, digo sonriendo como si nada. Él guiña: ‘Claro, con bonus privado’. Nuestro secreto elite, adrenalina pura. Nadie nota mis piernas temblando ni su mirada hambrienta. Lujo, poder, placer. Quiero más.