Estaba en la suite presidencial del Mandarin Oriental, en Barcelona. Todo olía a cuero nuevo de los sofás italianos, y el champagne Dom Pérignon burbujeaba en copas de cristal tallado. Yo, vestida con un vestido de seda negro que se pegaba a mis curvas, fingía revisar contratos con Pablo, el heredero de 20 años con ojos de depredador. Su amigo Jaime, igual de joven y musculoso, hojeaba papeles al otro lado de la mesa de mármol. Y Odette, la amiga chic de su madre, cuarentona con tetas firmes y labios rojos, cruzaba las piernas en falda lápiz, dejando ver un atisbo de encaje.
La tensión era eléctrica. Nuestras miradas se cruzaban por encima de los dossiers. Pablo me rozó la mano al pasarme un bolígrafo, su piel caliente. ‘¿Todo en orden, Carmen?’, murmuró, con esa voz grave que me ponía la piel de gallina. Yo tragué saliva, sintiendo mi coño humedecerse bajo las bragas de hilo. Odette sorbió champagne, sus ojos fijos en los chicos. ‘Estos contratos… tan duros de cerrar’, dijo ella, con doble sentido, lamiendo el borde de la copa.
La tensión sube en el penthouse de lujo
Jaime se removió, su pantalón abultándose. Yo noté el bulto. Pablo sonrió pícaro. ‘Cierren la puerta, hagamos esto privado’. El clic del cerrojo fue como un disparo. El espacio VIP se volvió nuestro nido de vicios. La música jazz suave llenaba el aire, luces tenues doradas sobre la cama king size con sábanas de hilo 1000.
Pablo me besó primero, su lengua invadiendo mi boca con sabor a champagne. ‘Te deseo desde el primer vistazo, puta elegante’, gruñó. Le arranqué la camisa, besando su pecho lampiño. Odette ya tenía la mano en la polla de Jaime, masajeándola por encima del traje. ‘Mira qué dura está, chicos’, rio ella.
Me arrodillé ante Pablo, bajando su cremallera. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando precum. ‘Chúpala, Carmen, como la zorra que eres’, ordenó. La engullí, sintiendo su grosor estirar mi garganta. Glup, glup, saliva chorreando por mi barbilla. Jaime me levantó la falda, rasgando mis bragas. ‘Joder, qué coño depilado y mojado’, jadeó, metiendo dos dedos, follándome con ellos. Gemí alrededor de la verga de Pablo.
El clímax brutal y el regreso a la elegancia
Odette se desnudó, tetas perfectas balanceándose. Se unió, lamiendo las bolas de Pablo mientras yo mamaba. Luego, Pablo me tumbó en la cama, abriéndome las piernas. ‘Voy a follarte hasta que grites’. Embistió, su polla partiéndome en dos. ¡Ahhh! Dolor y placer puro, el cuero del cabecero oliendo a sexo. Jaime follaba a Odette a cuatro patas al lado, palmadas en su culo resonando. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, gritaba ella.
Cambié: monté a Jaime, su polla más larga clavándose en mi útero. Rebotaba, tetas saltando, sudor perlando mi piel. Pablo me folló el culo desde atrás, doble penetración brutal. ‘¡Sí, rómpeme el ojete!’, supliqué. Odette se sentó en la cara de Jaime, él lamiéndole el coño chorreante. Gemidos, jadeos, cuerpos chocando. Eyaculamos todos: semen caliente llenándome coño y culo, chorros en la boca de Odette.
Agotados, nos derrumbamos. Pablo sirvió más champagne. ‘Brindemos por el secreto elite’. Me limpié con toallitas de hilo, volviendo a ponerme el vestido impecable. Odette se retocó el maquillaje. ‘Contratos firmados, ¿no?’. Reímos, como si nada. Bajamos al lobby, besos en mejillas, promesas de discreción. Ese secreto nos une en este mundo de poder y lujo. Aún siento el hormigueo… ¿repetimos?