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Mi noche prohibida en el yate privado con mi marido arreglado

El yate se mecía suavemente en el Mediterráneo, olor a sal y cuero nuevo del salón VIP. Acababa de bajar del helicóptero privado, mi tía ajustándome el vestido de seda que rozaba mis pezones duros por el viento. Alrededor, la élite: trajes Armani, diamantes, miradas que me desnudaban. Yo, la futura esposa del hermano menor del magnate del petróleo, un arreglo dinástico moderno para unir fortunas. No lo conocía más que por fotos retocadas y rumores de su fama de follador.

Firmamos los contratos en la mesa de cristal, champán Dom Pérignon burbujeando en copas frías. Él, Diego, estaba ahí, alto, ojos oscuros clavados en mí. Parecía el retrato, pero mejor: mandíbula marcada, sonrisa ladeada. Susurró a su amigo, el conde Soulz, a unos pasos: “Joder, me esperaba algo peor… está buenísima, esa tía es para comérsela viva.” Mi oído fino lo pilló todo. Sonreí, acerquéme con tacones crujiendo en la cubierta. “Buen provecho, futuro marido”, le solté con voz ronca, haciendo una reverencia falsa.

La tensión en el yate de lujo

Se rio, fuerte, tendiéndome la mano. “Madame, este matrimonio va a ser una puta fiesta.” Su palma cálida, áspera de gym. Los ojos de todos quemaban, pero él me arrastró a la suite privada, puerta blindada cerrándose con clic. Espacio VIP puro: cama king size con sábanas de hilo 1000, jacuzzi humeante, botella de Moët enfriándose. “¿Nerviosa, Wilhelmina? Llámame Diego, joder.” Olía a su colonia cara, madera de sándalo. Me acorraló contra la pared de cristal, vistas al mar negro. Sus labios rozaron mi cuello, champagne en su aliento dulce. “Eres… jodidamente apetecible. No como esas flacas de pasarela. Me pone tu culo redondo.”

Caímos en la cama, él rasgando mi vestido. Sus manos grandes amasando mis tetas, pezones duros entre dedos. “Mira estas ubres… para mamarlas toda la noche.” Gemí, arqueándome. Bajó, lengua lamiendo mi ombligo, hasta mi coño depilado. “Abre las piernas, puta.” Obedecí, humedad chorreando. Su boca devoró mi clítoris, chupando fuerte, dedos metiéndose en mi chocho empapado. “Estás chorreando, zorra. Sabes a miel.” Me corrí gritando, piernas temblando, olas de placer rompiéndome.

El clímax brutal y el regreso al protocolo

Se quitó la camisa, polla enorme saltando libre, venosa, goteando precum. “Chúpamela, esposa.” La tragué, garganta profunda, bolas peludas en mi barbilla. Él gruñía: “Joder, qué boca de puta.” Me puso a cuatro, oliendo a cuero y sexo. Escupió en mi ano, dedo entrando lento. “Tu culo es mío ahora.” Empujó su verga gorda, rompiendo mi cereza anal. Dolor quemando, pero placer loco. “¡Fóllame el culo, Diego! ¡Rómpeme!” Me taladraba brutal, huevos golpeando mi coño, mano pellizcando clítoris. Sudor, slap-slap de carne. Me corrí otra vez, ano apretando su polla. Él rugió: “¡Toma mi leche, puta!” Chorros calientes llenándome las tripas, desbordando.

Minutos después, él besándome suave. “Eres increíble, mi amor.” Nos vestimos rápido, él ajustándome el vestido, yo su corbata. Salimos, sonrisas perfectas. Champán en mano, saludos a la élite. Su hermano el magnate nos miró ceja alzada, pero fingimos protocolo impecable. Nuestros ojos se cruzaron: secreto compartido, fuego bajo la piel. Adrenalina de poder, exclusividad pura. Esta noche, firmamos más que contratos.

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