Eran las cuatro de la mañana cuando el chófer me dejó en el muelle privado de Ibiza. El yate del magnate brillaba bajo las luces tenues, un monstruo de 50 metros con cubiertas de teca y cristales ahumados. Subí la pasarela, el aire salado mezclado con el olor a cuero nuevo de los salones VIP. Él me esperaba en la suite principal, rodeado de contratos sobre la mesa de caoba. ‘Bienvenida, Carmen’, dijo con esa voz grave, sus ojos devorándome ya. Yo, con mi vestido de seda negro ceñido, crucé las piernas al sentarme, sintiendo su mirada en mis pechos.
Hablamos de negocios, fusiones millonarias, pero la tensión crecía. Cada vez que firmaba un folio, su mano rozaba la mía, un roce eléctrico. ‘¿Champán?’, ofreció, descorchando una botella de Dom Pérignon. El burbujeo, el sabor ácido y dulce en mi lengua… Dios, me ponía cachonda. Nuestros ojos se clavaban, él mordiéndose el labio, yo cruzando y descruzando las piernas para que viera el borde de mis bragas de encaje. ‘Eres peligrosa’, murmuró, inclinándose. El espacio VIP se volvió íntimo cuando cerró la puerta blindada. Sus manos en mi cintura, tirando de la cremallera. ‘No pares’, gemí.
La tensión sube en el yate de lujo
Me arrancó el vestido, quedé en tanga y tacones. Él, desnudo en segundos, su polla enorme ya tiesa, venosa, palpitando. Me empujó contra el sofá de cuero, olor a piel cara invadiendo todo. ‘Quiero follarte ya’, gruñó. Le abrí las piernas, mi coño empapado brillando bajo la luz LED. Su lengua primero, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mi jugo salado. ‘¡Joder, qué rico sabe tu coño!’, jadeó, metiendo dos dedos, follándome con ellos mientras yo me retorcía, arañando el cuero. Ondulaba las caderas, presionando contra su boca, mis pezones duros rozando la seda de las sábanas.
El clímax brutal y el regreso discreto
No aguanté más. ‘Fóllame, métemela toda’. Se puso de pie, me giró boca abajo, nalgas al aire. Escupió en mi raja, su glande grueso empujando mi entrada. Entró de un golpe, partiéndome en dos, mi coño apretándolo como un guante. ‘¡Qué puta estrecha!’, rugió, embistiéndome fuerte, bolas golpeando mi clítoris. Yo gritaba: ‘Más, joder, rómpeme el coño’. Sudor mezclado con colonia cara, piel contra piel resbaladiza. Me volteó, piernas sobre sus hombros, penetrándome hasta el fondo, su pubis peludo frotando mi monte. Mordí sus tetas, él me pellizcó los pezones hasta doler de placer. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro, lléname de leche’. Espasmos, su polla hinchándose, chorros calientes inundando mi útero. Yo exploté, coño convulsionando, chorros de squirt mojando las sábanas de hilo egipcio.
Jadeando, nos separamos. ‘Tenemos que prepararnos’, susurró, besándome el cuello. Nos lavamos en la ducha de mármol, jabón espumoso en sus manos frotando mi coño sensible. Vestidos impecables de nuevo, él en traje Armani, yo en mi vestido. Bajamos a la cubierta principal, donde su asistente esperaba con más contratos. ‘Todo listo, señor’, dijo el tipo, ajeno al olor a sexo que flotaba sutil. Nos dimos la mano formal, sonrisas protocolarias. ‘Ha sido un placer cerrar este deal’, dije, guiñándole un ojo discreto. Él sonrió: ‘El placer ha sido mutuo, Carmen. Hasta la próxima exclusiva’. Bajé del yate con las piernas temblando, el secreto quemándome entre los muslos, sabiendo que mañana actuaríamos como si nada en la gala VIP.