Me llamo Sofía, tengo 24 años y vivo en este mundo de yates, jets y clubes VIP donde el poder huele a cuero nuevo y champagne Dom Pérignon. Crecí con una abuela estricta en Madrid, pero ahora sirvo copas y firmo contratos en fiestas de élite. Anoche, en el yate privado de Víctor, un magnate con mirada de depredador, todo explotó.
El sol se ponía sobre Ibiza, el mar brillaba como diamantes. Yo llevaba un vestido de seda negra que rozaba mis pezones cada paso. Víctor y yo revisábamos dossiers en la sala VIP, piel de tiburón bajo los pies, olor a cigarros cubanos y sal marina. ‘Firma aquí, Sofía’, dijo él, su voz grave, mientras sus ojos bajaban a mis tetas. Yo dudé, eh… tragué saliva, el champagne burbujeaba en mi garganta, dulce y frío. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa de caoba. ‘¿Todo bien?’, preguntó, su mano rozando la mía al pasar el bolígrafo. El aire se cargó, mis bragas se humedecieron. Los guardaespaldas se fueron, la puerta se cerró. Espacio privado. Solo nosotros.
La tensión sube en el yate exclusivo
‘¿Quieres un masaje? Estás tenso’, le solté, voz temblorosa. Se quitó la camisa, músculos duros, vello en el pecho. Yo desabroché su pantalón, y ahí estaba: su polla enorme, gorda, venosa, colgando pesada sobre los huevos como kiwis maduros. ‘Joder, Víctor…’, murmuré. Él sonrió: ‘Accidente de moto, pastillas experimentales. Tócala’. La agarré, pesada, tibia, se endureció en mi mano. Me arrodillé en la alfombra persa, olía a su sudor masculino mezclado con colonia cara. Lamí el prepucio, salado, abrí la boca al máximo. ‘Chúpamela, puta’, gruñó. La tragué hasta la garganta, arcadas, saliva chorreando. Él me folló la boca, huevos golpeando mi barbilla.
El clímax brutal y sin límites
Me levantó, rasgó mi vestido. ‘Mira tu coño depilado, mojado como una perra’. Me tumbó en el sofá de cuero, crujió bajo mi culo. Sus dedos abrieron mis labios, chorreaba cyprine. ‘Te voy a reventar’. Empujó su polla, gruesa, me estiró el coño al límite. ‘¡Aaaah! Duele… pero fóllame fuerte’. Golpes brutales, tetas botando, pezones duros como piedras. Mordí su hombro, uñas en su espalda. ‘¡Más, cabrón! Lléname’. Cambió posición, de rodillas, me dio en el culo, polla resbalando en mi jugo. Sus huevos palmoteaban mi clítoris. ‘Me vengo… ¡gime!’. Explotó dentro, leche caliente inundándome, yo squirté como loca, chorros empapando el cuero, olor a sexo puro. Me lamió el coño después, lengua en mi ano, dedos en el punto G, otro orgasmo me dejó KO, temblando.
Minutos después, nos vestimos. Él ajustó su corbata, yo mi vestido roto. Champagne de nuevo, brindamos: ‘Nuestro secreto, Sofía’. Sonrisa cómplice, como si nada. Bajamos a la cubierta, él charló con invitados, yo serví copas. Nadie notó mis piernas flojas, el semen goteando aún. Adrenalina de poder, placer exclusivo. Volvería por más.