Estaba sentada en el salón del yate, rodeada de cuero italiano que olía a riqueza pura, ese aroma embriagador mezclado con el salitre del mar. Acabábamos de abrir el Dom Pérignon, burbujas frías explotando en mi lengua, dulces y ácidas. Javier, mi joven amante, más guapo que el diablo, con esa sonrisa de tiburón de las finanzas, hojeaba los contratos sobre la mesa de mármol. Nuestros ojos se cruzaban cada dos por tres. Um… su mirada bajaba a mis piernas cruzadas, la seda de mi vestido corto rozando la piel, subiendo despacio.
—Firma aquí, preciosa —dijo él, voz ronca, acercando el bolígrafo. Pero su mano rozó mi muslo. Sentí el calor subir. El yate zumbaba suave, aislados en esta burbuja VIP frente a Ibiza iluminada. Nadie nos veía. Los contratos eran excusa; la tensión eléctrica crecía. Me incliné, mis tetas casi saliéndose del escote, y le susurré:
La tensión sube en la sala VIP
—Hazme una oferta que no pueda rechazar, Javier.
Él sonrió, malicioso. Dejó los papeles, su mano subió por mi falda. El espacio se volvió nuestro. Cerró la puerta de la cabina privada con llave. Click. Ya éramos solos.
Ahora, el acto. Brutal, sin filtros. Me arrancó las bragas de encaje, tirándolas al suelo. Mi coño ya chorreaba, caliente, pegajoso. —¡Joder, estás empapada, puta! —gruñó, metiendo dos dedos de golpe. Gemí fuerte, arqueándome contra el cuero del sofá. Olía a sexo y a su colonia cara, Versace oscura.
Lo empujé al suelo, montándome encima. Su polla dura como hierro, venosa, saltó libre. La chupé voraz, lengua lamiendo el glande salado, hasta la garganta. Tosí, saliva goteando, pero seguí. —Fóllame la boca, cabrón —jadeé. Él agarró mi pelo, embistiendo salvaje, follando mi cara hasta que lágrimas corrieron por mis mejillas.
El regreso a las apariencias perfectas
Me volteó, a cuatro patas. Manos en mi culo, abriéndome. —Mira este coño de zorra casada —dijo, escupiendo en mi raja. Entró de un golpe, polla gruesa estirándome, dolor-placer quemando. ¡Ay, Dios! Follando duro, pelotas golpeando mi clítoris hinchado. —¡Más fuerte, rómpeme! —grité, uñas clavadas en el cuero.
Sacó la polla, brillando de mis jugos. Metió la mano entera. Puño en mi coño, lento al principio, luego furioso. Sentí el estiramiento imposible, paredes palpitando, chorros salpicando. —¡Sí, fistéame, joder! ¡Hazme llorar! —aullé, orgasme tras orgasme, cuerpo temblando. Él pellizcaba mis pezones duros, tirando hasta doler, leche materna casi saliendo de lo hinchados.
Le mordí el cuello, montándolo de nuevo. Cabalgaba como loca, tetas rebotando, sudor pegándonos. —Córrete dentro, lléname de leche —supliqué. Él rugió, chorros calientes inundándome, semen goteando por mis muslos. Me corrí gritando, squirt empapando el suelo de teca.
Jadeando, nos separamos. Rápido, el ritual. Me limpié con toallitas de hilo egipcio, olor a jazmín cubriendo el almizcle de sexo. Él recogió los contratos, firmados con manos temblorosas. Champagne para enjuagar gargantas roncas. Me puse las bragas, alisé el vestido de seda. Maquillaje perfecto, labios rojos relucientes, como si nada.
Salimos al salón principal. Sonrisas elegantes a los otros VIPs en la fiesta. Nuestro secreto, esa complicidad elite, brillaba en nuestros ojos. Mi marido bajaría del helicóptero en unas horas, oliendo solo mi perfume caro. Pero dentro, mi coño aún palpitaba, marcado por él. Um… qué adicción este mundo.