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Mi noche prohibida en el yate privado con las suecas de infarto

¡Hola! Dudé mucho antes de escribir esto, pero mi historia es de esas que solo pasan una vez… y en un mundo de yates y champagne, claro. Me llamo Carmen, bueno, no es mi nombre real, no vaya a ser que me reconozcan en Marbella. Vivo entre hoteles de cinco estrellas y jets privados, adoro el olor a cuero nuevo de los asientos, el fizz del Dom Pérignon en la lengua… Soy abierta, muy abierta, me excita el poder, esa adrenalina de saber que todo es exclusivo.

Era julio, invitada a una fiesta VIP en un yate anclado frente a Ibiza. El cliente, un pez gordo, patrocinaba al equipo sueco de natación sincronizada. Todas rubias, tetas enormes, cuerpos perfectos… Yo llevaba la negociación, dossiers de contratos sobre la mesa de caoba. Vestido de seda negra pegado a la piel, tacones que crujían en la cubierta. Ellas en bikinis diminutos, Ingrid la capitana, Samantha, Tabatha… Olía a sal marina y Chanel No. 5. Él estaba ahí, Javier, el inversor español, traje Armani, mirada de depredador.

La tensión sube en la cubierta VIP

Firmábamos páginas, pero las miradas… uf. Ingrid rozaba mi brazo ‘accidentalmente’, su piel suave como terciopelo. Javier bebía champagne, burbujas en sus labios, y yo sentía su mirada bajando por mi escote. ‘¿Todo en orden?’, preguntaba él, voz grave. Samantha reía, cruzaba piernas, su coño rasurado asomando apenas. Tension sexual pura, eh… El calor subía, el sol poniente tiñendo el mar de oro. ‘Venga, firmad y vamos a la piscina privada’, dijo Javier. Esa zona VIP del yate, nudista total, solo para nosotros. Corazón latiendo fuerte, subimos la escalerita, olor a cloro y jazmín.

Una vez solos, privado total, puertas cerradas. ‘Aquí no hay reglas’, murmuró él quitándose la camisa. Cuero de su cinturón chasqueando al caer. Nosotras ya en topless, tetas al aire, pezones duros por la brisa. Entonces Javier se bajó los pantalones… Dios, su polla. Gorda, venosa, colgando 25 cm flácida, ¡imagina erecta! 28 fácil. Las suecas jadearon. ‘¡Joder, qué polla más grande!’, gritó Ingrid, ojos como platos. Yo me mordí el labio, coño húmedo ya.

Ingrid se lanzó primera, arrodillada en la colchoneta de la piscina. ‘¿Puedo tocarla?’, susurró, manos temblando. La agarró, empezó a pajearla despacio. Se hinchó, enorme, palpitando. ‘¡Mira cómo crece!’, dijo ella. Samantha empujó: ‘A mí también’. Se la metió en la boca, profunda, garganta relajada de atleta. Chupaba fuerte, lengua en las huevos, saliva goteando. Yo me acerqué, besé a Tabatha, sus tetas enormes contra las mías, pezones rozando. Todas cachondas, coños rasurados brillando de jugos.

El clímax brutal y el regreso al lujo

‘Quiero esa polla en mi coño’, gemí yo. Pero él agarró a Pamela por las caderas, la tumbó en la borda. ‘¡Abre las piernas, puta sueca!’. Le clavó la polla de un golpe, hasta el fondo. Ella chilló: ‘¡Sííí, joder, qué gorda! ¡Rómpeme el coño depilado!’. Embestía brutal, plaf plaf, agua salpicando. Sus tetas botando, sudor perlando pieles bronceadas. Las otras se tocaban, dedos en coños, ‘¡Fóllame a mí ahora!’.

Se pusieron en fila, culos en pompa, doce coños rosados alineados. Javier la metía en uno, sacaba chorreante, al siguiente. Tracy gritó: ‘¡Más duro, destroza mi coño con esa verga gigante!’. Courtney se corría a chorros, ‘¡Me vengo, coño!’. Yo me puse debajo, lamiendo clítoris mientras él follaba. Jenna: ‘¡Joder, nunca tan grande, métemela toda!’. Follando sin parar, polla reluciente de fluidos, olor a sexo crudo mezclándose con el mar. Katsumi chillaba en sueco, pero claro: ‘¡Fóllame el coño!’. Él aguantaba como toro, huevos golpeando culos.

Al final, las puso boca arriba, polla entre tetas gigantes. ‘Aprietad’, gruñó. Se pajaba furioso, ellas lamiendo la punta. ‘Me corro… ¡ahhh!’. Chorros espesos, leche caliente salpicando caras, tetas, coños. Ufff, tragando, gimiendo.

Luego… vuelta a la realidad. Toallas de seda, robes de cachemira. Champagne otra vez, firmas finales en los contratos, risas elegantes. ‘Buen negocio’, dijo Javier guiñando. Secretos de élite, miradas cómplices. Bajamos del yate como si nada, pero coños palpitando aún. ¿Repetimos? Ay, si supierais…

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