Acabo de bajar del jet privado en la costa de Ibiza. El yate de Gilles, ese francés carismático con aire de caballero medieval, me espera anclado en una cala secreta. Él es el dueño de patentes millonarias, vive como un templario moderno, todo privilegios y misterios. Me recibe con un abrazo fuerte, su barba rozándome la piel, olor a cuero caro y sal marina.
—Bienvenida, Carmen. Este es tu refugio de lujo —dice, su voz grave enviando escalofríos.
La tensión en la cubierta VIP
Subimos a la cubierta superior, VIP absoluta. Champán Dom Pérignon en copas de cristal, burbujas explotando en mi lengua dulce y fría. Hablamos de contratos exclusivos, sociedad secreta, deals que mueven fortunas. Sus ojos azules me devoran mientras hojeamos dossiers en la mesa de teca pulida. La tensión sube, mis pezones se endurecen bajo la seda del vestido. Él roza mi mano ‘por accidente’, electricida pura. El sol se pone, tiñendo el mar de oro, y el espacio se vacía: la tripulación desaparece por orden suya.
—¿Quieres ver la suite principal? —susurra, su aliento cálido en mi oreja.
Sí, joder, sí. Bajamos, la puerta se cierra con clic metálico. Privado total.
La ducha de mármol es enorme, vapor subiendo. Me desnuda lento, sus manos callosas en mi piel bronceada. Agua caliente nos envuelve, olor a jabón de sándalo. Intento montarlo contra la pared, pero estoy seca de nervios, su polla gorda no entra fácil. Gimo de frustración, él me gira, me pone a cuatro patas en la cama king size, sábanas de hilo egipcio suaves como seda.
—Tranquila, mi puta española, déjame prepararte —gruñe.
Empuja su verga dura contra mi coño apretado. Duele al principio, seco, pero lubrica con mis jugos forzados. Follando lento, sus pelotas chocando mis muslos. No siento placer, solo sumisión. Él nota, me saca, me tumba boca arriba. Baja su lengua barbuda a mi chochito, lamiendo la raja larga, chupando el clítoris hinchado. ¡Dios! Mis labios gordos se abren, humedad brota. Gimo bajito, arqueo la espalda. Él mete dos dedos gruesos, curvados, follándome la G-spot mientras mama mi botón como loco.
—Así, cabrón, lame mi coño… ¡joder!
Exploto en su boca, temblores violentos, chorros calientes en su barba. No para, me pone de rodillas, empuja su polla venosa en mi garganta. La trago profunda, saliva chorreando, bolas en mi barbilla. Él jadea, agarra mi pelo negro.
El clímax salvaje en la cabina privada
—Chupa, puta, trágatela toda.
Me folla la boca brutal, luego me gira, escupe en mi culo virgen. Presiona el capullo ancho contra mi ano prieto. Duele como la hostia, pero empujo atrás, ávida del poder. Entra centímetro a centímetro, estirándome, quemando. ¡Qué fullness! Su polla enorme me parte, follándome el ojete sin piedad, pellizcando mis tetas pesadas, nalgas rojas de palmadas.
—Tu culo es mío, Carmen, apriétalo… ¡coño!
Acelera, pajas salvajes, sudando, gruñendo insultos. Mi clítoris palpita solo, corro otra vez, ano contrayéndose en espasmos. Él ruge, inyecta semen caliente profundo en mis tripas, chorros interminables.
Caemos exhaustos, su peso sobre mí, olor a sexo crudo y sudor.
Minutos después, volvemos arriba. Él ajusta su camisa impecable, sirve más champán como si nada. Sonrisa pícara.
—¿Lista para cenar langosta con caviar?
Yo, piernas temblando aún, pelo revuelto pero maquillaje intacto, asiento. Secreto elite compartido, miradas cómplices. El yate surca la noche, lujo intacto, placer oculto.