Llevo casi cuatro días en este hotel de ensueño en Ibiza. Playa privada, casino, discoteca… todo a mis pies. Pero yo, hundida por la ruptura con mi ex, no disfruto nada. Mis amigas me obligaron a venir, a quemar mis ahorros en este paraíso para ricos. Cada noche ceno sola en un rincón del restaurante VIP, devorando platos sin sabor, ignorando a los demás.
Son las nueve. Termino mi postre y un risa cristalina me hace alzar la vista. Dos chicas de unos treinta se sientan en la mesa de al lado, siempre vacía. Rubia deslumbrante y una pelirroja fuego. Preciosas, radiantes de vida. Me dan envidia. Parecen íntimas, ¿amigas? ¿Amantes? La pelirroja, de espaldas a mí, quita su sandalia y su pie desnudo roza el gemelo bronceado de la rubia. Uñas rojas, carmín intenso, subiendo lento. El cuero de sus zapatos huele a lujo, mezclado con sal marina. Mi vientre arde. ¿Qué coño me pasa? Nunca me han puesto así las tías.
La tensión sube en el lounge exclusivo
Levanto la mirada y ¡zas! Me pillan. Sonríen, me miran fijo. Me pongo roja como un tomate, hundo la cuchara en la copa helada. La rubia asiente, saludo tímido. Huyo rápido, sintiendo sus ojos en mi culo.
Esa noche no duermo. Me toco el coño empapado pensando en ese pie. Me corro como una loca, jadeando. Al día siguiente, piscina infinita, sol calentándome la piel. Somnolienta, boca abajo.
—Hola, ¡qué delicia tan temprano! Pocos aquí.
Abro los ojos: pies perfectos en sandalias de tacón killer, piernas infinitas. Es la rubia, sonrisa radiante.
—Eh… hola. Sí, prefiero el sol suave.
—Soy Cristina, y ella Carmen —señala a la pelirroja—. ¿Nos ponemos al lado?
—Claro, yo Natalia.
Se tumban, quitan tops. Tetas firmes, pezones duros. Carmen unta crema en la espalda de Cristina, manos resbalando como caricias. Quiero ser ella. ‘Estás loca, tía’, pienso. Pero mi coño palpita.
Hablamos. Vacaciones, curros. Yo, con gafas de sol, las devoro. Esa noche, cena juntas. Champagne burbujeante, dulce en la lengua. Vino suelto mi lengua.
—Somos pareja, ¿te choca? —dice Cristina.
—No, lo noté. Estáis tan… felices.
—¿Nos envidias? —insiste Carmen, ojos clavados.
El éxtasis sin límites en la suite privada
Ayer… bajo la mesa… me excitasteis.
Un pie desnudo sube por mi tobillo. Suave, eléctrico. Jadeo bajito.
—¿Lista para probar? —ríe Cristina.
Cuatro pies ahora, subiendo muslos. Coño chorreando. ‘Café en nuestra suite’, dice Carmen. Me arrastran. No protesto.
En la suite del yate anclado, lujo puro: sábanas de seda, olor a cuero y jazmín. Me aplastan contra la puerta, lenguas en mi boca. Dos a la vez, dulce pecado. Me desnudan lento, piel erizada. Solo quedo con tacones.
—Déjate llevar, vas a flipar —susurra Carmen.
Soltaban correas de sandalias. Lenguas en pies, chupando dedos. Nunca así. Me corro solo con eso, gritando. ‘¡Más!’
Abandonan pies, suben. Orejas lamidas, ojos besados, cuello mordido. Tetas succionadas, pezones hinchados. Carmen baja: ombligo, monte de Venus rasurado, muslos. Evita mi coño hinchado. Vuelve a pies, sube. Se unen en mi chocho abierto.
Lenguas en clítoris enorme. Dedos en coño inundado, follándome profundo. Otros dos en culo, resbaladizos. Orgasmo tras orgasmo, squirt en sus caras. Se besan, melcochando mi jugo.
Loca de placer, ataco. Lamo pies de Cristina, perfectos. Llego a su coño lampiño, sabor almizclado adictivo. Carmen se une, lenguas bailando. Horas follándonos: 69, tijeras. Carmen mete dedos de pie en coño de Cristina, yo lamo clítoris y ortejones jugosos. Viciosa total.
Agotadas, enredadas. Una mano en mi culo. Sonrío. Aún quiero.
Al día siguiente, desayuno impecables, como reinas. Miradas cómplices, secreto élite. Nadie sabe. Vuelvo a la piscina, renovada. La vida brilla.