Ay, chicas, os lo juro, acababa de pasar. Septiembre en los Alpes, pero con un frío polar que ni el cambio climático lo explica. Huía de unos paparazzis hijos de puta que me seguían desde Zúrich. Vestida con tacones Louboutin y un abrigo de cachemira que no servía de mierda contra la nieve hasta las rodillas. Vi las luces del chalet, ese palacio escondido que todo el mundo susurra en los círculos VIP. El de Víctor, el magnate de los fondos de inversión, recluso por paranoia. Golpeé la puerta blindada, congelada, temblando como una hoja.
La puerta se abrió con un zumbido. Él, alto, sesentón pero en forma de gimnasio privado, me miró con esos ojos grises que cortan. ‘¿Qué coño haces aquí?’, gruñó, pero me arrastró dentro. El calor me golpeó: chimenea crepitando, olor a cuero italiano de los sofás, cristal de Baccarat con champán Dom Pérignon enfriándose. Me quitó el abrigo, las botas, y vi cómo sus manos rozaban mi piel bajo la seda del vestido. ‘Estás hipotérmica, joder’, dijo, frotándome los brazos. Me tendí en la cama king size, sábanas de hilo egipcio suaves como un susurro.
La llegada helada y la tensión en el lujo
Desnuda bajo la bata de cachemira que me dio, hablamos. Tenía que firmar unos contratos con su firma, pero la nieve nos aisló. Hojeamos dossiers en la mesa de mármol, sus dedos rozando los míos al pasar páginas. ‘Eres más peligrosa que esta tormenta’, murmuró, mirándome las tetas que asomaban por la bata mal cerrada. El aire olía a su colonia cara, madera quemada. Bebimos champán, burbujas picantes en la lengua, y la tensión subió. Sus ojos en mi escote, yo mordiéndome el labio. Afuera, la alarma pitó: drones de seguridad detectaron intrusos, pillards o paparazzis armados. ‘Estamos solos ahora, sellados’, dijo, cerrando el sistema VIP. El chalet se volvió nuestra burbuja privada.
No aguanté más. ‘Fóllame, Víctor, no pienses’, jadeé, abriendo la bata. Sus manos ásperas agarraron mis tetas, pellizcando pezones duros como diamantes. Me tumbó en la cama, olor a cuero y sudor. ‘Eres una puta cachonda’, gruñó, chupándome el coño empapado. Su lengua entraba profunda, lamiendo mi clítoris hinchado, saboreando mis jugos salados. Gemí, arqueándome, uñas en su pelo gris. Bajé su cremallera, saqué esa polla gorda, venosa, palpitante. ‘Trágatela’, ordenó. La mamé voraz, saliva chorreando, bolas en mi barbilla, hasta que ronroneó.
Explosión de placer y el regreso al juego
Me puso a cuatro patas, nalgada en mi culo firme. ‘Voy a reventarte el coño virgen de nieve’, dijo. Entró de un empellón, polla gruesa abriéndome, dolor-placer quemando. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó, follando duro, piel contra piel chapoteando. Mis tetas botaban, pezones rozando la seda. Cambió, me montó, piernas en sus hombros, apalancándome hasta el fondo. ‘Córrete, zorra’, mandó, frotando mi clítoris. Explosé, coño contrayéndose, chorros calientes. Él siguió martilleando, huevos golpeando mi culo, hasta que gritó: ‘¡Me vengo!’. Semen espeso llenándome, goteando por muslos.
Jadeando, nos separamos. Se levantó, sirvió más champán. ‘Firma los contratos, Claire’, dijo con sonrisa pícara, como si nada. Vestí mi vestido arrugado, él su traje Tom Ford. Afuera, la alerta cesó, intrusos congelados. Compartimos el secreto de élite, miradas cómplices. ‘Vuelve cuando quieras, mi invitada sorpresa’. Salí al jet privado que mandó, coño palpitando aún, lujo y vicio en las venas.