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Mi noche prohibida en el campamento VIP del desierto marroquí

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Soy Carmen, 52 años, neuróloga en Madrid, casada con Javier, mi ejecutivo de 55. Vivimos en ese mundo de yates y jets privados, pero esta vez nos fuimos a un campamento VIP en el desierto marroquí. Tentas de seda, alfombras persas, fogata con langostinos y champán Dom Pérignon helado. Olía a cuero de las jeeps 4×4 y a jazmín en el aire seco. Nuestros guías privados, Abdel, el senior de 40, barbudo y fornido, y Younes, el joven de 24, musculoso como un dios árabe, nos atendían como reyes.

Estábamos firmando unos contratos para la excursión exclusiva, papeles sobre mesas bajas de ébano. Javier charlaba de negocios, pero yo… uf, sentía sus miradas. Abdel me rozaba la mano al pasar el bolígrafo, Younes me servía champán con ojos que bajaban a mis pechos bajo la blusa de seda. ‘¿Todo bien, señora?’, me dijo Younes, voz grave, sonrisa pícara. Mi coño ya palpitaba. Javier bostezaba, cansado del jet lag. ‘Voy a la tienda, amor, descansa’, le dije. Él ronca en dos minutos. La noche caía, frío delicioso erizando mis pezones. Me puse mi camisón de satén negro, sin bragas, y caminé hacia su tienda iluminada. Dudé… pero el calor entre mis piernas ganó.

La tensión en el oasis de lujo

Toqué suave. ‘¿Se puede?’. Entraron en silencio sus voces. ‘Claro, doña Carmen, pase’. Olía a sudor masculino mezclado con sándalo. Se callaron al verme. ‘Mi marido duerme… y yo, estoy… caliente. Necesito un hombre de verdad’. Abdel sonrió, ‘Aquí hay dos’. Mi corazón latía fuerte. Me acerqué, toqué el bulto en los pantalones de Abdel. Duro como piedra. Me quité el camisón de un tirón. Mi cuerpo tonificado, bronceado integral de mis vacaciones nudistas, afeitado al cero. Sus ojos se abrieron. ‘Dios…’. Besé a Abdel, lenguas salvajes, sabor a menta y deseo. Younes se tocaba ya.

Lo saqué: polla gorda, venosa. La de Younes, larga, tiesa, perfecta. Me arrodillé, chupé la de Abdel, lengua en el glande, bolas en la boca. ‘Joder, qué puta boca’, gruñó él. Cambié a Younes, garganta profunda, saliva goteando. Sus manos en mi pelo, follando mi cara. Abdel me metió dedos en el coño, empapado. ‘Estás chorreando, zorra’. Younes puso condón, me puso a cuatro patas contra el poste de la tienda. Entró de golpe, polla enorme rompiéndome. ‘¡Ahhh! Fóllame fuerte!’. Me taladraba, cachetazos en el culo. Abdel en mi boca, pollas alternas.

El clímax brutal y sin filtros

Me tumbaron en las alfombras. Abdel me comió el coño, lengua experta en el clítoris, dedos en el ano. ‘¡Sí, métemela!’. Grité bajito. Younes sobre mi cara, bolas en mi lengua, leche preeyaculatoria salada. Luego, el sandwich. Abdel en el coño, Younes en el culo por primera vez para él. ‘¡Lentito, cabrón!’, pero no, me reventaban los dos agujeros. Pollas rozándose dentro, yo en éxtasis. ‘¡Me corro! ¡Joder, sííí!’. Explosión, jugos por las piernas, cuerpo temblando. Ellos siguieron, sin piedad, martilleando.

A rodillas, pollas en mi cara. Younes primero: chorros calientes en boca, pelo, tetas. Abdel después, cubriéndome de semen espeso. ‘Nuestra propina VIP’, rieron. Exhausta, besos suaves. ‘Gracias, chicos’. Me limpié con el camisón, salí a fumar un cigarro desnuda bajo las estrellas, coño abierto, cuerpo pegajoso. Fantasma cumplido. Volví a la tienda, Javier roncando. Mañana, fingiré normalidad en el desayuno con champán. Nuestro secreto de élite. ¿Cuándo se lo cuento? Ay, la adrenalina…

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