Ay, chicas, aún tiemblo al recordarlo. Estábamos en el yate privado de ese multimillonario, un armatoste de 80 metros anclado frente a Ibiza. Cuero italiano en los asientos, olor a sal marina mezclado con Chanel N°5, y el pop del champagne Dom Pérignon en copas de cristal Baccarat. Yo, vestida con un mini vestido de seda negra que se pegaba a mis curvas, tetas firmes y culo redondo asomando justo lo suficiente para volver loco a cualquiera.
El magnate, un tipo alto, guapo de esa forma perversa, con traje gris Armani, me presentó contratos en la terraza VIP. ‘Firma aquí, preciosa, y serás socia en mi imperio’. Sus ojos me devoraban, rozando mis pezones duros bajo la tela fina. Yo reía, coqueta, cruzando las piernas, sintiendo la brisa caliente en mi coño ya húmedo. Pero había otro: Telmo, mi ex, ese mestizo español con sangre gitana, músculos bronceados y mirada que prometía folladas salvajes. Él era el ‘seguro’ del yate, vigilando desde la sombra, pero nuestras miradas chocaban como chispas. ‘¿Todo bien, Karina?’, murmuró, voz grave, oliendo a colonia fuerte y sudor masculino.
La Tensión en la Terraza del Yate
El magnate sirvió más champagne, épico, con un toque raro, picante. ‘Brinda por el poder’, dijo, guiñando. Bebí, sedienta, el burbujeo fresco bajando por mi garganta. Firmamos papeles, manos rozándose, tensión eléctrica. Él se acercó, susurro al oído: ‘Ahora, a la cabina, mi puta noble’. Pero de repente, se fue riendo, dejándome sola con el fuego subiendo. ‘Espera dos horas, el afrodisíaco te va a volver loca’. Mi coño ardía, jugos chorreando por mis muslos, tetas hinchadas, pezones como piedras. Dios, necesitaba follar ya.
Telmo entró sigiloso, cerrando la puerta de la cabina privada. Alfombras persas, cama king size con sábanas de satén, luces tenues. ‘Karina, ¿qué te ha hecho ese cabrón?’, preguntó, ojos clavados en mi cuerpo desnudo –me había arrancado el vestido en la desesperación–. Olía a cuero del yate y su piel sudada. Me tiré a sus pies, frotando mi cara en su polla dura bajo los pantalones. ‘Telmo, por favor… me drogó con afrodisíaco. Necesito correrme, o me muero. Fóllame, joder’.
El Clímax Brutal en la Cabina Privada
Dudó, ‘Eres de élite, tu familia me mataría’. Pero su verga palpitaba. Le bajé el zipper con los dientes, saqué esa polla enorme, venosa, gorda como mi muñeca. ‘Mmm, siempre soñé con chupártela’, gemí, lamiendo el glande salado, tragándola hasta la garganta, babas chorreando. Él gruñó, agarrándome el pelo rojo. Me tumbó en la cama, manos atadas aún por las suyas –juego previo–, lamió mis tetas, mordiendo pezones. ‘Estás empapada, puta’. Metió dos dedos en mi coño chorreante, frotando el clítoris hinchado, luego el G-spot. ‘¡Sí, así, cabrón!’. Me corrí gritando, chorros salpicando las sábanas, el afrodisíaco evaporándose.
Pero no paró. ‘Ahora te follo como mereces’. Me puso a cuatro patas, culo en pompa, soie rozando piel. Escupió en mi ano, pero entró en mi coño de un empellón brutal. ‘¡Joder, qué prieta!’. Me taladraba, pelotas golpeando mi clítoris, manos en caderas magullándome. ‘Más fuerte, Telmo, rómpeme el coño’. Sudor goteando, olor a sexo puro, gemidos ahogados por el ruido de olas. Me corrí otra vez, él eyaculó dentro, leche caliente llenándome.
Jadeando, nos vestimos rápido. ‘Vámonos antes de que vuelva’. Subimos a la terraza, champagne en mano, sonrisas falsas. Él charlaba negocios como si nada, yo cruzada de piernas ocultando el semen escurriendo. Nuestro secreto elite, esa follada VIP, nos une para siempre. Prestigio, poder, placer… uf, qué noche.