Uf, acabo de llegar del Mandarin Oriental en Marbella. Mi cuerpo aún tiembla recordándolo. Él, ese tiburón de los negocios, me citó para revisar contratos en la suite VIP. Penthouse con vistas al mar, sofás de cuero negro que olían a riqueza y poder. Champán Dom Pérignon enfriándose en cubiteras de plata. Yo llegué con mi vestido rojo ceñido, escote que dejaba poco a la imaginación, tacones Louboutin que resonaban en el mármol.
Estábamos sentados en la mesa de cristal, dossiers abiertos, bolígrafos caros en mano. ‘Firma aquí, amor’, le dije con voz ronca, rozando su mano. Sus ojos… Dios, me devoraban. Cada vez que inclinaba la cabeza sobre los papeles, su mirada bajaba a mis tetas, apretadas por el corsé de encaje. El aire estaba cargado, olía a su colonia cara, madera de sándalo, y a mi perfume, jazmín prohibido. ‘¿Todo en orden?’, murmuró, su voz grave. Yo crucé las piernas, la abertura de la falda dejó ver la liga de mis medias de seda. ‘Sí… pero falta algo’, respondí, mordiéndome el labio. La tensión subía, como electricidad. Nadie nos interrumpía; el servicio sabía que éramos intocables.
La Tensión en la Sala VIP
De repente, me levanté, caminé hacia la puerta de la terraza. La cerré con llave, el clic fue como un disparo. ‘Ahora es privado’, susurré, volviéndome. Sus pupilas se dilataron. Apagué las luces principales, solo quedaron las velas aromáticas y la luna reflejada en el jacuzzi. Me acerqué despacio, balanceando las caderas. ‘Siéntate y cierra los ojos, diez segundos’. Obedeció, su polla ya marcada bajo los pantalones de traje Armani. Contó en voz baja, jadeante. Al abrirlos, me vio de espaldas, subiendo la falda. Mis nalgas redondas, enmarcadas por el tanga de hilo dental negro. Olía a cuero del sofá cuando me apoyé en él.
La música empezó, un ritmo lento de Rosalía en los altavoces ocultos. Me giré, desabroché el vestido. Cayó al suelo, revelando mi body de látex negro, transparencias en los pezones duros. Sus manos temblaban queriendo tocar, pero yo las paré. ‘Quieto… déjame a mí’. Me arrodillé entre sus piernas, besé su cuello, mordí suave. Bajé, abrí su bragueta. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando precum. ‘Joder, qué dura’, gemí, lamiendo la punta. Él gruñó, ‘Cógela entera’. La tragué profunda, garganta apretada, saliva chorreando. Él me agarró el pelo, follando mi boca.
El Placer Brutal y el Secreto Compartido
No aguanté. Me subí encima, restregando mi coño mojado contra su cara. ‘Lámeme, cabrón’. Su lengua entró, chupando mi clítoris hinchado, dedos abriendo mis labios. Olía a sexo puro, mi jugo dulce en su boca. ‘¡Sí, así!’. Gemí fuerte, tetas rebotando. Me corrí gritando, contracciones brutales, squirteando en su cara. Él no paró, mamándome el culo ahora. Me giré en 69, su polla en mi boca mientras yo le chupaba los huevos. ‘Fóllame ya’, suplicó. Lo monté, empalándome en esa verga enorme. Arriba y abajo, salvaje, mis nalgas chocando contra sus muslos. ‘¡Más fuerte! ¡Rompe mi coño!’. Él me clavó desde abajo, manos en mis caderas, polla golpeando el fondo. Sudor, gemidos, el jacuzzi burbujeando al lado.
Me puso a cuatro, en el suelo de moqueta mullida. Me folló como animal, pellizcando pezones, azotando el culo rojo. ‘Tu coño es mío, puta exclusiva’. Entró en mi culo también, lubricado con mi propio flujo. Doble penetración con sus dedos en el coño. Orgasme tras orgasmo, yo aullando, él gruñendo. Se corrió dentro, chorros calientes llenándome, semen chorreando por mis muslos.
Jadeantes, nos duchamos en la lluvia de oro del baño de mármol. Champán para brindar. ‘Nadie lo sabrá’, dije, ajustándome el vestido. Él firmó los contratos con sonrisa pícara. Bajamos al lobby como si nada, su mano en mi cintura educada. Secretos de élite, adrenaline pura. Mañana, otro jet a Dubái. Pero esta noche… inolvidable.