Estaba en ese yate privado, anclado en las aguas cristalinas del Mediterráneo. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja. El cuero de los asientos olía a nuevo, caro, mezclado con el salitre del mar. Él, el magnate, un tipo de esos que controlan imperios desde su móvil. Vestido impecable, colonia fuerte, intensa. Yo, con mi vestido de seda negra que se pegaba a mi piel por la brisa húmeda.
Hablábamos de contratos. Dossiers abiertos sobre la mesa de mármol. ‘Firma aquí’, me dice, su voz grave, mientras sus ojos recorren mis piernas cruzadas. Yo sonrío, cruzo y descruzo, dejando que la falda suba un poco. ‘¿Estás seguro de que es el mejor trato?’, le pregunto, inclinándome. Nuestros dedos se rozan al pasar las páginas. Electricidad. El champagne burbujea en la copa, frío, con ese toque dulce que me eriza la piel.
La Tensión que Enciende el Yate
La tripulación desaparece. ‘Dejémoslo privado’, murmura él, cerrando la puerta de la suite VIP. El espacio se encoge, solo nosotros. El aire se carga. Me acerco, huelo su aliento a whisky añejo. ‘Sabes que quiero más que un contrato’, le digo, mi mano en su corbata. Él me agarra la cintura, fuerte. ‘Prueba entonces’, responde, y sus labios chocan contra los míos. Beso húmedo, lengua invasora.
Ya no hay palabras. Me empuja contra el sofá de cuero. El vestido sube, rasga las medias con sus uñas. ‘Joder, qué coño tan perfecto’, gruñe, arrodillándose. Su lengua lame mi clítoris, chupando fuerte. Gimo, arqueo la espalda. Huele a sexo, a mar, a sudor fresco. Mis manos en su pelo, tirando. ‘Más profundo’, jadeo. Él mete dos dedos, follándome la boca del coño mientras su boca succiona.
El Éxtasis Brutal en Privacidad Total
Me pongo de rodillas. Le bajo la cremallera. Su polla salta, dura como hierro, venosa, goteando precum. ‘Mira esta verga’, digo, lamiendo la punta. Sabor salado, caliente. La engullo entera, garganta profunda, babeando. Él gime, ‘Sí, puta, chúpala bien’. Me folla la boca, embiste, saliva por todas partes. El cuero cruje bajo nosotros.
No aguanto más. ‘Fóllame ya’, le ordeno. Me tumba boca abajo, culazo en pompa. Escupe en mi coño, entra de un golpe. Duele rico, llena todo. ‘¡Qué apretada!’, ruge, pistoneando salvaje. Paff, paff, carne contra carne. Sus bolas golpean mi clítoris. Yo grito, ‘Más fuerte, joder, rómpeme’. Sudor gotea, mezcla con el cuero. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo. Sus manos amasan mis tetas, pellizcan pezones. Subo y bajo, polla entrando hasta el fondo. ‘Me vengo’, gime él. ‘Dentro, lléname de leche’, suplico. Eyacula chorros calientes, inundándome. Yo exploto, coño contrayéndose, chorros míos mojando todo.
Jadeamos. Minutos después, nos vestimos. Él ajusta la corbata, yo el vestido. ‘Contrato firmado’, dice con sonrisa pícara, pasando el bolígrafo. Brindamos champagne. ‘Nuestro secreto’, susurro. Aparcamos como si nada. El yate arranca, lujo intacto, placer guardado para la élite. Esa noche, el poder sabe a semen y victoria.