Ay, chicas, acabo de bajar de ese yate en Ibiza, el corazón todavía me late fuerte. Soy Carmen, de Madrid, pero vivo entre jets y hoteles de seis estrellas. Hoy os cuento lo que pasó con Georges, ese francés apodado ‘La Fleur’, un tipo que manda en viñedos de lujo y tierras premium. Nos citaron en su yate privado para cerrar un contrato gordo: mis tierras en Andalucía por sus vinos exclusivos para mis resorts VIP.
La cubierta olía a cuero nuevo y sal marina. Champán Dom Pérignon en copas de cristal, burbujas que pinchan la lengua, frías y dulces. Vestía un vestido de seda negra, pegado al cuerpo, rozando mis pezones con cada brisa. Él, en traje Armani, camisa blanca abierta un botón, mostrando pecho bronceado. Revisábamos los dossiers en la mesa de teca, papeles crujientes, números que bailan. Pero sus ojos… ay, esos ojos azules me follaban ya. ‘Carmen, firma aquí’, dice, su voz grave, mano rozando la mía. Siento calor subiendo, coño húmedo ya. Miradas que duran demasiado, sonrisas con dientes. ‘¿Segura de los términos?’, pregunta, inclinándose, olor a colonia cara y hombre. ‘Totalmente’, respondo, mordiéndome el labio. La tripulación desaparece, espacio VIP solo nuestro.
La tensión en la cubierta VIP
De repente, me coge la mano, tira de mí hacia la cabina principal. Puerta cierra con clic suave. Dentro, cama king size con sábanas de hilo egipcio, luces tenues, aire acondicionado fresco contra mi piel caliente. ‘No aguanto más’, gruñe, besándome el cuello, barba raspando. Le arranco la camisa, botones saltan. Su pecho duro, músculos de quien monta a caballo en sus fincas. Manos en mi culo, amasando fuerte. ‘Quítate eso’, ordena. Deslizo el vestido, caen tirantes de seda, quedo en tanga negra y tacones. Él se baja los pantalones, polla saltando libre, gruesa, venosa, cabeza roja hinchada. ‘Joder, qué pedazo’, susurro, arrodillándome.
La chupo despacio primero, lengua en el glande, salado, venas pulsando en mi boca. ‘Sí, así, puta española’, gime, cogiéndome el pelo. La trago entera, ahogándome un poco, saliva chorreando. Me pone en la cama, cuatro patas, tanga a un lado. Dedos en mi coño, ‘Estás empapada, zorra’. Entra de golpe, polla abriéndome, dolor-placer que me hace gritar. ‘¡Fóllame fuerte!’. Embiste como toro, huevos golpeando mi clítoris, sudor goteando en mi espalda. Huele a sexo crudo, cuero y mar. Me voltea, piernas en hombros, polla hundiéndose hasta el fondo, útero besándola. ‘Me corro’, jadea. ‘Dentro no, cabrón’, pero él ríe, saca y chorros calientes en mi tripa, semen espeso, blanco. Yo reviento, coño contrayéndose, jugos bajando por muslos.
El clímax brutal en la cabina privada
Seguimos, él lame mi coño, lengua en el ano, chupando clítoris hinchado. Yo le monto, polla resucitando, cabalgando salvaje, tetas botando. Otro orgasmo, grito ahogado. Cae exhausto, besos suaves ahora.
Minutos después, volvemos a cubierta. Vestidos impecables, champán nuevo. Firmamos el contrato, sonrisas profesionales. ‘Un placer, Carmen’. ‘Igual, Georges’. La tripulación reaparece como por arte magia. Nadie dice nada, pero en sus ojos, el secreto elite. Bajé del yate con piernas temblando, coño adolorido, sonrisa de reina. Ese poder, esa exclusividad… adictivo.