Estábamos en la suite presidencial del hotel Mandarin Oriental en Madrid. Todo olía a lujo: cuero nuevo de los sofás, champán Dom Pérignon helado, sábanas de seda egipcia. Mi marido, Javier, un pez gordo en finanzas, había invitado a Fabio, ese italiano guapo y musculoso, socio en un contrato millonario. Yo, Lucía, vestida con un vestido negro ceñido que marcaba mis tetas y mi culo, servía copas. ‘Salud por el acuerdo’, dijo Javier, pero sus ojos… ay, sus ojos me devoraban mientras Fabio me miraba el escote.
La mesa estaba llena de dossiers, contratos con cifras obscenas. Hablaban de fusiones, pero la tensión era otra. Fabio rozaba mi mano al pasarme un papel. ‘Eres preciosa, Lucía’, murmuró con acento italiano que me ponía la piel de gallina. Javier sonreía, excitado. Yo sentía mi coño humedecerse bajo las bragas de encaje. ‘Bueno, ¿seguimos con los números o…?’, dudé, mordiéndome el labio. Javier cerró el portátil. ‘Dejemos los negocios. Esta suite es privada ahora’. El espacio VIP se volvió nuestro. Las luces bajaron, el champán corría. Fabio me besó el cuello, Javier observaba desde el sofá, con la polla ya dura bajo los pantalones.
La Tensión en el Paraíso de Lujo
Me llevaron a la cama king size. ‘¿Estás segura?’, preguntó Javier, voz ronca. ‘Sí, amor, quiero su polla dentro de mí. Tú mira’, respondí, quitándome el vestido. Quedé en tanga y tetas al aire, pezones duros como piedras. Fabio se desnudó: torso bronceado, polla gruesa, venosa, apuntando al techo. Olía a colonia cara y macho. Me tiró sobre las sábanas frías, lamió mis tetas, mordisqueando. ‘Qué rica estás’, gruñó. Le chupé la polla, saboreando el precum salado, mientras Javier se tocaba. ‘Fóllamela ya’, jadeé.
Fabio me abrió las piernas, olió mi coño depilado. ‘Mojadísima’, dijo, metiendo dos dedos, follándome con ellos. Gemí fuerte, el sonido rebotaba en las paredes insonorizadas. Se puso un condón, me penetró de un empujón. Su polla me llenaba, estirándome el coño hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, rugió, embistiéndome fuerte, sus huevos chocando contra mi culo. Yo me retorcía, uñas en su espalda, tetas botando. Javier cerca, polla en mano: ‘Córrete en ella, Fabio’. Cambiamos: yo a cuatro patas, Fabio por detrás, polla hundiéndose en mi coño chorreante. Sudor, olor a sexo, piel contra piel. Me corrí gritando, coño contrayéndose alrededor de su verga. Él aceleró, follándome como animal, hasta vaciarse dentro del condón.
El Placer Brutal y el Secreto Compartido
Luego, Javier se unió. Me pusieron entre medias: Fabio por detrás otra vez, en mi coño lubricado de jugos y sudor; Javier en mi boca, polla palpitante. ‘Los quiero a los dos’, balbuceé. Sentía las dos pollas rozándose dentro de mí, separadas por una membrana fina. Gemidos, mordiscos, besos salvajes. Me corrí dos veces más, temblando, chorros calientes bajando por mis muslos. Al final, exhaustos, champagne para rehidratar.
Nos vestimos como si nada. Firmamos el contrato en la mesa, sonrisas educadas. ‘Un placer, Fabio’, dijo Javier, apretando manos. Él me guiñó: ‘El secreto de elite’. Bajamos al lobby, yo con el coño dolorido pero feliz, piernas flojas. En el jet privado de vuelta a Ibiza, Javier me folló suave, susurrando ‘Gracias por ser mi puta de lujo’. Ese secreto nos une más. Prestigio, poder, placer exclusivo. ¿Repetir? Claro, si el siguiente es igual de bien dotado.