Ay, chicas, ¿qué os voy a contar? Mi vida con mi marido era… predecible. Rutina, cenas frías, sexo de manual. Yo, una madrileña de 42, con curvas que aún vuelven locos, necesitaba algo más. Prestigio, poder, esa adrenalina que te moja el coño antes de tocarte. Y llegó en forma de invitación a un evento exclusivo en un yate anclado en Ibiza. Networking para cerrar contratos de mi agencia de eventos. Pensé: ‘Bueno, un poco de champán no hace daño’.
El yate era un sueño: cubierta de teca reluciente, sofás de cuero blanco que olían a nuevo, viento salado mezclándose con el aroma dulzón del Dom Pérignon. Vestida con un vestido de seda negro que se pegaba a mis tetas firmes y mi culo redondo, charlaba con inversores. Ahí lo vi: Javier, 48 años, restaurador millonario con hoteles en Marbella. Ojos oscuros, traje impecable, sonrisa de depredador. ‘Encantado, Claudia’, dijo besándome la mano, su aliento cálido rozándome la piel. Hablamos de contratos, pero sus miradas… uf, bajaban a mi escote, subían a mis labios. ‘¿Quieres ver la suite privada? Tengo unos dossiers ahí arriba’, murmuró, voz ronca. El corazón me latía fuerte. ‘Vale… solo un momento’, respondí, coqueta, sintiendo el calor entre las piernas.
La tensión sube en la cubierta VIP
Subimos por escaleras de cristal, el mar brillando abajo. La suite era puro lujo: cama king size con sábanas de satén, jacuzzi burbujeante, minibar con caviar. Cerró la puerta, clic metálico que sonó a promesa. ‘Siéntate’, dijo, sirviéndome champán. Burbujas frías en la lengua, efervescentes. Nos acercamos, rodillas tocándose. ‘Eres preciosa, Claudia. Ese vestido… me estás volviendo loco’. Dudé, ‘Javier, estoy casada, esto…’. Pero su mano en mi muslo, subiendo despacio por la seda, me calló. Me besó, labios firmes, lengua invadiendo mi boca con sabor a whisky caro. Gemí bajito, ‘Mmm…’. Sus dedos encontraron mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta cachonda’. Reí nerviosa, ‘Cállate y fóllame ya’.
Me arrancó el vestido, tetas al aire, pezones duros como piedras. Me tiró en la cama, cuero crujiendo bajo mi culo. Se quitó la camisa, torso musculado, luego los pantalones: polla enorme, gruesa, venosa, más larga que la de mi marido. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé, olor musgoso a macho, saliva goteando. La lamí desde la base, lengua plana, hasta meterla hasta la garganta. Tosí un poco, ‘Joder, qué grande…’. Él gruñía, ‘Así, zorra, trágatela toda’. Me folló la boca, empujando, lágrimas en mis ojos. Luego me tumbó boca arriba, piernas abiertas. ‘Mira tu coño, abierto y mojado para mí’. Metió dos dedos, chapoteando, me corrí chorreando en su mano. ‘¡Sí, joder, no pares!’.
El clímax brutal en la suite privada
Puso condón, pero qué coño, le dije ‘Sin goma, córrete dentro’. Me penetró de un golpe, polla partiéndome en dos. ‘¡Aaaah, me rompes!’ Gritaba, uñas en su espalda. Me follaba brutal, cama temblando, piel sudada pegándose. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando, clítoris rozando su pubis. ‘Me vengo, cabrón… ¡Sí!’. Él me dio la vuelta, culo en pompa. ‘Ahora tu culito’. Escupió en mi ano, empujó despacio. Dolor placentero, ‘Lento… uf, entra toda’. Me sodomizó fuerte, nalgas rebotando, ‘¡Qué culo más apretado, puta de lujo!’. Eyaculó dentro, caliente, llenándome. Colapsamos, jadeando, olor a sexo y Chanel mezclado.
Nos duchamos rápido, agua caliente lavando pecados. Él me besó la nuca, ‘Nuestro secreto, elite’. Me puse el vestido, maquillaje intacto. Bajamos, champán en mano, sonrisas falsas. ‘Gracias por los dossiers, Javier’, dije profesional. Él guiñó, ‘Cuando quieras, Claudia’. Nadie sospechó. Volví a casa, coño palpitando, secreto ardiendo. Mañana, rutina. Pero yo… ya quiero más.