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Mi Mañana Prohibida en el Yate Privado: Polla Dura y Champagne Caliente

Ay, Dios, acabo de bajar del yate de mi amante, un tiburón de las finanzas que me invitó a cerrar un trato en alta mar. Estamos fondeados frente a Ibiza, el sol brilla como oro líquido sobre el Mediterráneo. El aire huele a sal y a cuero italiano nuevo, ese olor que me pone cachonda al instante. Llevo un bikini diminuto de hilo dental, cubierto por una bata de seda que roza mis pezones erectos. Él, con su camisa blanca desabotonada, revisamos los contratos en la mesa de teca del puente superior. Nuestras manos se rozan al pasar las páginas, y siento su mirada clavada en mis tetas. ‘Martina, firma aquí’, me dice con voz ronca, pero sus ojos bajan a mi entrepierna. Yo sonrío, mordiéndome el labio. ‘¿Seguro que solo contratos, cariño?’ El champagne Dom Pérignon burbujea en las copas, sabe a fresas maduras y pecado. La tensión sube, el viento me eriza la piel. De repente, cierra la carpeta. ‘Basta de papeles. Vamos abajo’. El espacio VIP se cierra: baja la puerta de la suite principal, cristales ahumados, privacidad total.

Ya en la cabina, el lujo me envuelve: sábanas de hilo egipcio, olor a sándalo y su colonia cara. Me quito la bata despacio, quedo en pelotas. Él se acerca, su polla ya media tiesa bajo los pantalones. ‘Ven aquí, puta mía’, murmura. Me acurruco contra él en la cama king size, desnuda como una diosa. Siento sus tetas… no, sus pectorales duros contra mi espalda, su paquete peludo rozando mis nalgas. ‘¿Dormiste bien?’, pregunto juguetona. ‘Pensando en ti, masturbándome con tu tanga’. Río bajito. Agarra mi mano y la pone en su verga. ‘¿Y esta polla, cómo la ves hoy?’. Está forrada, tiro del prepucio suave hacia abajo. ‘No te haré daño, ¿verdad?’. ‘Sigue, joder’. La acaricio lento, perezosa, y crece como un animal, gorda, venosa. ‘Mira cómo se pone dura… ¡Hostia, qué pedazo de polla!’. Me monto a horcajadas, rodillas a cada lado de su cadera. Mis tetas rebotan libres, él las agarra, pellizca los pezones. Bajo mi coño abierto justo sobre su polla tiesa, froto clítoris contra glande, vaivén suave. Huele a sexo incipiente, mi humedad moja su tronco. ‘Agárrame el culo’, gimo. Separa mis nalgas, un dedo roza mi culito. Acelero, me inclino, tetas en su cara. Él las mama, yo bombeo más rápido, su polla vibra contra mi raja empapada. Casi entra, pero controlo: ‘No aún, cabrón’. Explota, chorros calientes de leche hasta mi barbilla, salpica mis tetas. ‘¡Joder, qué corrida!’. Me echo encima, semen pegajoso entre nosotros. ‘Puta madre, ha sido brutal’, dice él jadeando.

La Tensión que Hierve en el Yate

Nos metemos en la ducha de mármol italiano, chorros a presión como lluvia tropical. ‘Lávame bien, que te lavo yo’. Echo gel en las palmas, jabono sus tetas firmes, bajo al vientre, agarro su polla floja aún. Insisto en los huevos, subo al culo, meto un dedo juguetón. Luego sus muslos, pies… y vuelvo al coño. Primera vez que me mira así de cerca: triángulo negro, labios gruesos, ninfas rosadas asomando. ‘Limpia dentro’, susurro. Abro mi coño con dos dedos: ‘Mira los pliegues, el capuchón del clítoris, la entrada rosada…’. Lava todo, meticuloso, me pone a mil. Enjuaga, y su polla revive tiesa. ‘Ahora yo’. Me arrodillo, jabono su verga, destapo el glande brillante, enjuago. Besos suaves en la punta, lamer el tronco… la engullo, chupadas profundas, mano en los huevos, dedo en su ano. Gime: ‘¡Me corro!’. Tardo, pero avisa tarde: lechazo en mi cara, mentón, pelo. Me levanto riendo, lamiendo un dedo. ‘La próxima trago todo, guarro’.

Subimos al puente como si nada. Él ajusta la corbata, yo el bikini. Firmamos los contratos con sonrisas cómplices. El yate arranca, champagne otra vez. Nadie sabe nuestro secreto élite: polla en la boca, corrida facial bajo el lujo. Adrenalina pura, poder y placer exclusivo. Ay, qué vicio.

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