Me llamo Sofía, tengo 42 años, y acabo de vivir algo que me tiene temblando aún. Trabajo de camarera en el Ritz, limpiando suites para ricos que ni me miran. Pero él, Víctor, un productor de cine con yates y jets privados, me contrató extra para su suite presidencial. ‘Necesito inspiración para una escena’, dijo por teléfono, con voz grave. Mil euros por dos horas, solo en tanga de seda. El olor a cuero nuevo de los sofás, el champán Dom Pérignon enfriándose en cubiteras de cristal… Entré con mi uniforme ajustado, el corazón latiendo fuerte.
La suite era un sueño: ventanales del suelo al techo con vistas a Madrid iluminada, mesa de mármol cubierta de contratos y guiones. Él estaba ahí, alto, traje negro Armani, fumando un puro Cubano. ‘Empieza, Sofía’, murmuró sin mirarme directamente. Limpié despacio, inclinándome sobre la mesa, sintiendo sus ojos en mis tetas grandes que se marcaban bajo la blusa. El roce de la seda de mi tanga nueva contra mi coño ya húmedo… Pasé la aspiradora cerca de sus pies, rozando su zapato italiano. Él hojeaba papeles, pero su mirada bajaba, fija en mis curvas. ‘¿Te molesta?’, pregunté titubeante. ‘No… sigue’, respondió ronco, cruzando las piernas para esconder la erección.
La tensión sube en el paraíso de cristal y oro
La tensión crecía. Olía su colonia cara, cuero y humo. Limpié el baño de mármol, con chorros de agua caliente salpicando mis pechos. Él entró, ‘disculpa’, pero se quedó mirando. Cerró la puerta de la suite con llave. Ahora era privado. ‘Quítatelo todo, por favor’, susurró. Me quedé desnuda, tetas pesadas balanceándose, pezones duros como piedras. Sus manos temblaban en los contratos, pero no se movía. Yo frotaba el suelo a cuatro patas, culo en pompa, coño expuesto y chorreando. Él jadeaba.
El clímax salvaje sin límites
No aguantó más. Me levantó como una pluma, boca contra mi cuello. ‘Fóllame, Víctor’, gemí. Me tiró en la cama king size, sábanas de hilo egipcio frías contra mi piel caliente. Sacó su polla enorme, venosa, goteando precum. ‘Mira esta verga, Sofía, la has puesto así’. La tragué entera, chupando fuerte, lengua en el frenillo, bolas peludas en mi barbilla. Él gruñía, ‘joder, qué boca de puta’. Me puso a cuatro patas, oliendo mi culo sudado. ‘Tu coño está empapado, zorra’. Entró de un golpe, polla gruesa partiéndome, bolas chocando contra mi clítoris. ‘¡Más duro!’, grité. Me follaba brutal, manos en mis caderas, tetas rebotando salvajes. Sudor, olor a sexo crudo mezclándose con champán derramado. Cambiamos: yo encima, cabalgando su verga, coño apretándolo, jugos bajando por sus huevos. ‘Córrete dentro, lléname’, supliqué. Él rugió, polla hinchándose, chorros calientes inundando mi útero. Yo exploté, squirteando en su vientre, uñas clavadas en su pecho.
Terminamos jadeando. Se levantó, se ajustó el traje impecable. ‘Impecable trabajo, Sofía. Mil quinientos ahora’. Envolvió billetes en un sobre de oro. Brindamos champán burbujeante, dulce en mi lengua hinchada. ‘Nuestro secreto de élite’, guiñó. Yo vestí mi uniforme, sonriendo como si nada. Bajé al lobby, piernas temblando, coño goteando su semen. Él firmaba contratos con inversores, gesto frío. Nadie sabe. Pero volveré. El poder, el lujo, esa polla… adictivo.