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Mi follada salvaje en el yate privado del multimillonario

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fue la semana pasada, en el yate privado de ese multimillonario ruso, anclado frente a Ibiza. Todo olía a lujo: cuero nuevo de los sofás, sal marina mezclada con el humo de su puro caro, y el burbujeo del Dom Pérignon en las copas de cristal. Yo, vestida con un mini vestido de seda negra que se pegaba a mis tetas y marcaba mi culo, sentada frente a él revisando los contratos. Éramos solo nosotros dos en esa terraza VIP, con vistas al mar infinito.

Sus ojos azules me devoraban mientras hojeaba los dossiers. ‘Firma aquí, Sofia’, me dijo con esa voz grave, rozando mi mano al pasarme el bolígrafo. Uf, el calor subió de golpe. Yo crucé las piernas, sintiendo cómo mi coño se humedecía bajo las bragas de encaje. Él sonrió, sabiendo. ‘¿Nerviosa?’, preguntó, sirviéndome más champán. El líquido frío bajó por mi garganta, pero ardía en mi vientre. Nuestras rodillas se tocaron ‘por accidente’, y no apartamos la mirada. El aire estaba cargado, como antes de una tormenta. Detrás, la tripulación discreta, pero él pulsó un botón y las cortinas de privacidad bajaron. El espacio se volvió nuestro. Solo.

La tensión sube en la terraza VIP

De repente, su mano grande subió por mi muslo. ‘Quiero cerrar este trato de otra forma’, murmuró, y me besó con furia. Sus labios ásperos, barba picante contra mi piel suave. Me levantó el vestido, rompiendo las bragas de un tirón. ‘Joder, qué coño tan mojado’, gruñó, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí. Gemí alto, arqueándome. Olía a sexo y a su colonia cara. Lo empujé al sofá de cuero, que crujió bajo nuestro peso. Le bajé los pantalones: su polla enorme, venosa, ya dura como piedra, goteando precum. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé, lamiendo desde las bolas peludas hasta la punta, tragándomela entera hasta la garganta. Él me agarró el pelo, follando mi boca: ‘Sí, puta española, así’.

El clímax en la cabina privada

No aguanté más. Me subí encima, empalándome en esa verga gruesa. ‘¡Ay, dios, me partes!’, grité mientras rebotaba, mis tetas saltando libres del vestido. El cuero pegajoso bajo mi culo sudado, el slap-slap de mi coño chupándolo. Él me pellizcaba los pezones duros, mordiéndolos. Cambiamos: me puso a cuatro patas, embistiéndome como animal. ‘Tu coño es mío, aprieta’, jadeaba, azotándome las nalgas rojas. Sentía su polla golpeando mi cervix, jugos chorreando por mis muslos. Le rogué: ‘Córrete dentro, lléname’. Él aceleró, gruñendo, y explotó: chorros calientes inundando mi útero. Yo me corrí temblando, squirtando sobre el cuero.

Minutos después, nos recompusimos. Él se abrochó la camisa impecable, yo me alisé el vestido, bragas rotas en el bolsillo. Subió las cortinas, pidió más champán a la tripulación como si nada. ‘Contrato firmado, Sofia. Discreción absoluta’, dijo con guiño. Bajamos a la cubierta principal, él saludando a sus invitados VIP, yo sonriendo con el secreto quemándome dentro. Ese poder, esa exclusividad… adictivo. Aún huelo su semen en mí.

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