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Mi follada salvaje en el yate privado del millonario

Estaba en ese yate privado anclado en la Costa Azul, puro lujo. Olía a cuero nuevo de los asientos italianos, y el champagne Dom Pérignon burbujeaba en copas de cristal tallado. Yo, con mi vestido de seda negra ceñido, que rozaba mi piel como una caricia prohibida. Él, Carlos, el magnate del petróleo, revisaba los contratos conmigo en la suite VIP. Sus ojos… Dios, esos ojos oscuros me devoraban mientras firmábamos cláusulas millonarias.

“¿Todo en orden, Vanessa?”, murmuró, su voz grave vibrando en el aire salado. Yo asentí, pero mi pulso latía fuerte. Nuestras manos se rozaron al pasar las páginas, un calor eléctrico subió por mi muslo. El yate se mecía suave, las luces tenues jugaban con las sombras de su traje Armani. “Sí, perfecto… pero estos términos…”, dije, mordiéndome el labio, prolongando el momento. Él sonrió, depredador. La puerta de la suite se cerró con un clic suave. Ahora éramos solos. El espacio VIP, nuestro.

Tensión en la suite VIP del yate

Sus dedos subieron por mi falda, lentos, quemando. “Sin bragas, ¿eh? Puta provocadora”, gruñó, y yo gemí bajito. Mi coño ya chorreaba, húmedo de anticipación. Me empujó contra la pared de caoba, su boca en mi cuello, mordiendo suave. Olía a su colonia cara, madera y hombre. Bajó la cremallera, el vestido cayó como seda derretida. Sus manos amasaron mis tetas, pezones duros como diamantes. “Quiero follarte ya”, jadeó.

Me giró, cara al espejo panorámico con vistas al mar negro. Su polla, dura como hierro, presionó mi culo desnudo. La saqué del pantalón, gruesa, venosa, palpitante. “Métemela”, supliqué, arqueando la espalda. Él escupió en su mano, lubricó el glande y empujó. ¡Joder! Entró de un golpe, abriéndome el coño hasta el fondo. Grité, placer y dolor mezclados. Bombazos brutales, sus pelotas chocando contra mi clítoris hinchado. “¡Más fuerte, coño!”, chillé, clavando uñas en el cuero.

El clímax brutal y el secreto compartido

Me follaba como un animal, sudando, gruñendo. Sacó la polla, brillante de mis jugos, y me arrodilló. “Chúpala, puta”. La tragué entera, garganta profunda, saliva goteando. Sabía a mar y sexo. Luego, me tumbó en el sofá de terciopelo, piernas abiertas. Lamía mi coño, lengua en el agujero, chupando el clítoris hasta que exploté. “¡Me corro! ¡Sí!”, convulsionsé, squirtando en su boca.

Volvió a penetrarme, misionero salvaje. Sus caderas aporreaban, polla hinchándose. “Te lleno de leche”, rugió. Eyaculó dentro, chorros calientes inundando mi útero. Colapsamos, jadeando, su semen goteando por mis muslos.

Minutos después, nos recompusimos. Vestido arriba, traje planchado. Sonrisas cómplices. Salimos a la cubierta, donde la élite brindaba. “Contrato cerrado, ¿no?”, dijo él, guiñando. Yo reí, saboreando el champagne con regusto a polla. Nadie sospechaba. Nuestro secreto VIP, puro prestigio y vicio.

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