Ay, qué día de mierda de otoño en Madrid. Pasé por una agencia de viajes, vi esa playa con palmeras y una rubia tetona… Me dio un escalofrío. ¿Cuánto falta para el verano? Me metí en la bañera caliente, cerré los ojos y… bum, volví a ese yate privado en Ibiza. Hacía calor, olía a sal y cuero caro de los sofás. Estaba ahí por unos amigos millonarios, cuidando su barco mientras ellos volaban a Dubái. Gana-gana, ¿no?
Me tumbé en la cubierta VIP, bronceada, desnuda total. Brisa suave rozándome las tetas, el coño. El sol pegaba fuerte. Miraba el mar turquesa, pocos barcos cerca, privacidad absoluta. De repente, veo llegar un jet privado aterrizando en la cala cercana. Baja un tío maduro, unos 50, traje Armani, bronceado eterno, aire de poder. Su yate estaba amarrado al lado, enorme, con helicóptero encima. Él y su asistente, una morena como yo, pero más tiesa.
La tensión ardiente en la cubierta exclusiva
Se acercan en lancha, nos saludamos. ‘Hola, soy Carlos, dueño del yate. ¿Amigos tuyos?’ Le explico lo del favor. Nos ponemos a charlar contratos, él invierte en tech, yo modelo y ‘influencer’ exclusiva. Papeles sobre la mesa de teca, champán Dom Pérignon helado, burbujas en la lengua, dulces. Él me mira las tetas, el culo, disimulado pero obvio. ‘Eh… firmemos esto rápido, ¿no?’ digo, rozándole la mano. Su polla se nota dura bajo los pantalones. Mi novio, que estaba abajo, sube y se une, pero nota la química. ‘Cariño, ve a por más hielo’, le digo. Se va, guiño.
La cubierta se vacía, solo nosotros tres al principio, pero el asistente se excusa. Espacio VIP puro. Carlos me pasa el contrato, su dedo roza mi muslo desnudo. ‘Mmm, piel suave como seda’. Me pongo caliente, coño húmedo ya. ‘¿Quieres ver la suite principal?’, me dice, voz ronca. Bajo con él, puerta cierra, clic. Privado total. Olor a sábanas de hilo egipcio, aire acondicionado fresco en la piel caliente.
El clímax brutal y el regreso al glamour
No perdemos tiempo. Me empuja contra la pared de cristal, vistas al mar. ‘Quítate eso’, gruñe, pero ya estoy desnuda. Le bajo los pantalones, polla gorda, venosa, cabezona, más grande que la media. ‘Joder, qué pedazo de verga’. La chupo, saliva chorreando, bolas en la mano. Gime: ‘Sí, cabrona, trágatela toda’. Me folla la boca, profundo, hasta la garganta. Lágrimas, pero me encanta. Me pone a cuatro patas en la cama king size, cuero crujiendo. Me abre el culo: ‘Este coñito depilado… y este ano prieto’. Me lame el chocho, lengua en el clítoris, dedos en el ojete. ‘¡Ahh, joder, no pares!’.
Me penetra de golpe, polla dura como hierro, embiste fuerte. ‘¡Fóllame más, papi!’. Me da azotes en las nalgas, rojas. Cambio: me monta encima, tetas rebotando, yo cabalgo, coño chorreando jugos en su pubis. ‘Tu polla me llena, cabrón’. Luego, me gira: ‘Ahora el culo’. Lubriante de la mesita, dedo primero, luego dos. ‘Relájate, puta’. Empuja, duele rico, entra entera. Me folla el ano salvaje, bolas golpeando mi coño. Grito: ‘¡Sí, rómpeme el culo!’. Él suda, gruñe: ‘Te voy a llenar de leche’. Corre, se corre dentro, chorros calientes en mis entrañas. Yo me corro también, clítoris frotando su mano, temblores.
Minutos después, ducha rápida, jabón caro oliendo a vainilla. Salimos a cubierta, mi novio con hielo, finge no notar mi pelo revuelto, sonrisa boba. Carlos firma contratos, brindamos champán. ‘Un placer hacer negocios contigo’, dice guiñando. Yo asiento, piernas temblando aún: ‘Igualmente. Volvemos pronto’. Se van en lancha, jet despega. Mi novio me besa: ‘Cuéntame todo luego’. Secreto élite, glamour intacto. Pero en mi mente, esa polla forever.