Acabo de bajar del jet privado, el sol de la Costa Brava me calienta la piel. Mi vestido de seda roja se pega un poco al sudor, huele a sal marina y Chanel No. 5. Subo al yate de mi familia, un monstruo de 50 metros anclado en la bahía exclusiva. Ahí está Alejandro, el heredero de 20 años, invitado por mi marido para cerrar contratos de inversión. Tímido, con esa mirada de niño perdido en el lujo.
Nos sentamos en la sala VIP, sofás de cuero italiano que crujen suave, olor a madera pulida y cigarros cubanos. Brindamos con Dom Pérignon, burbujas frías en la lengua, dulces como un beso. Extendemos los dossiers sobre la mesa de cristal: cifras millonarias, fusiones que dan poder. Nuestras rodillas se rozan bajo la mesa, accidental… o no. Lo pillo mirando mi escote, los pezones duros contra la seda. ‘¿Todo bien, Ale?’, le digo, voz ronca. Él tartamudea, ‘S-sí, Carmen… es que…’. Su polla se marca en el pantalón slim, una tienda de campaña obvia. Mi coño palpita, humedad entre los muslos.
El lujo del yate y la tensión que sube
Mi marido, el magnate, se excusa: ‘Tengo una llamada con Dubai, chicos, sigan sin mí’. La puerta se cierra, clic del pestillo. Espacio VIP ahora privado. Me acerco, huelo su colonia fresca mezclada con nervios. ‘¿Te pongo nervioso?’, susurro, mano en su muslo. Él asiente, rojo como un tomate. ‘Quiero verte, Ale. Enséñamela’. Tiembla, baja la cremallera. Su verga salta libre, gruesa, venosa, sin un pelo, cabeza brillante de precum. ‘Joder, qué polla más rica’, gimo.
Lo arrastro a la cabina principal, cama king size con sábanas de hilo egipcio. Le arranco la camisa, chupamos lenguas con hambre, saliva por la barbilla. Me tiro de rodillas, engullo su verga hasta la garganta, glug glug, bolas en la mano. ‘¡Carmen, me voy a correr!’, jadea. ‘Aún no, cabrón’. Lo empujo a la cama, me subo a horcajadas. Mi coño depilado chorrea, lo guío dentro. ‘¡Fóllame fuerte!’. Cabalgo como loca, tetas rebotando, clítoris rozando su pubis. Él agarra mis nalgas, dedos en el culo. Cambio de posición, perrito: me penetra salvaje, palmadas en el culo rojo. ‘¡Más profundo, joder, rómpeme el coño!’. Siento su verga hincharse, me corro gritando, jugos por sus huevos. Él explota, lechada caliente llenándome, chorros que gotean.
El clímax privado y el regreso al glamour
Pero no para. Me lame el coño lleno de su semen, lengua en el ano. ‘Quiero tu culo’, gruñe. Lubrico con saliva, me abre lento. Duele rico, gemidos ahogados. Me folla el ojete, verga palpitando, hasta correrse otra vez dentro. Sudor, olor a sexo crudo, sábanas arrugadas.
Nos duchamos rápido, agua caliente lavando pecados. Vuelvo a ponerme el vestido, él el traje impecable. Champagne fresco, sonrisa inocente. Mi marido regresa: ‘¿Avanzaron los contratos?’. ‘Perfecto’, digo, guiño a Ale. Brindamos, risas falsas, secreto elite grabado en miradas. Él se va en helicóptero, yo saboreo el after, coño adolorido, poder compartido.