Me llamo Sofía, tengo 55 años, soy una empresaria que se mueve en los círculos más exclusivos de Madrid y la Costa. Mi vida es puro lujo: jets privados, cenas en rooftops y tratos que valen millones. Pero lo que más me pone es esa adrenalina del poder mezclado con sexo puro, sin filtros. Hace dos noches, en el yate privado de Javier, un heredero de 32 años con cuerpo de dios griego y fortuna familiar, viví algo que aún me hace mojarme al recordarlo.
Estábamos en la cubierta del Azimut 72, anclado frente a Ibiza. El sol se ponía, tiñendo el mar de naranja. Olía a sal, a cuero nuevo de los asientos y al Dom Pérignon que burbujeaba en las copas de cristal. Vestida con un vestido de seda negra que se pegaba a mis curvas –sí, tengo tetas grandes, culo jugoso y caderas anchas de mujer madura–, revisábamos los contratos. Javier, en polo ajustado que marcaba sus pectorales, pantalón chino que no disimulaba el bulto. ‘Sofía, este punto del acuerdo…’, decía, pero sus ojos se clavaban en mi escote. Yo cruzaba las piernas, sintiendo el roce de la seda en mis muslos desnudos –sin bragas, claro, por si acaso–. Le sonreía, mordiéndome el labio. ‘Bueno, Javier, depende de cómo lo negocies…’, respondía, rozando su mano al pasar las páginas. El aire se cargaba. Él sudaba un poco, olor masculino, intenso. Yo notaba mi coño hinchándose, húmedo. Otro sorbo de champán, frío, efervescente en la lengua. ‘Ven, hablemos en privado’, murmuró al fin, señalando la suite master abajo. El yate viraba ligeramente, solo nosotros dos y el capitán lejano. La puerta se cerró con clic suave. Espacio VIP, nuestro.
La tensión sube en la cubierta del yate
Ya dentro, la tensión explotó. La suite olía a sándalo y lujuria. Luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio. Javier me empujó contra la pared forrada de caoba, besándome con hambre. ‘Joder, Sofía, me tienes loco desde que subiste’, gruñó. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado. Manos en su cinturón, lo abrí de un tirón. Su polla saltó, enorme, venosa, goteando pre-semen. ‘Mira qué pedazo de verga’, gemí, arrodillándome en la alfombra persa. La olí primero –hombre puro, almizcle–, luego la lamí desde las bolas pesadas hasta la cabeza roja. ‘Chúpamela, puta madura’, ordenó, agarrándome el pelo. La engullí, glot glot, hasta la garganta, saliva chorreando. Él jadeaba, ‘Sí, así, trágatela toda’. Me follaba la boca, duro, saliendo babosa. Me puse de pie, levanté el vestido. ‘Mira mi coño, Javier, peludo y mojado para ti’. Me tumbó en la cama, hundió la cara entre mis muslos. Lengua experta, lamiendo mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos en mi chocho chorreante. ‘Qué rico sabe, puta cachonda’, murmuraba. Yo gritaba, ‘¡Lámeme el culo también!’. Obedeció, lengua en mi ano fruncido, chupando como loco. Luego, me abrió las piernas, polla en ristre. ‘Te voy a romper el coño’. Entró de un golpe, grueso, llenándome hasta el fondo. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’, aullé. Me taladraba, plaf plaf, tetas botando, sudor resbalando. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, su verga hundiéndose en mi vientre. ‘Tu culo es mío’, dijo, escupiéndome el ojete. Me sodomizó despacio primero, luego brutal. Dolor-placer, ‘¡Sí, métemela en el culo entero!’. Me corrí gritando, coño vacío escupiendo jugos. Él embestía, ‘Me vengo, zorra’. Chorros calientes en mi recto, desbordando.
Minutos después, nos duchamos rápido bajo el agua caliente, jabón de Chanel. Vestidos impecables, volvimos a cubierta como si nada. Champagne nuevo, firmamos los contratos. ‘Trato hecho, Sofía’, sonrió, guiño cómplice. Yo asentí, piernas temblando aún, coño y culo palpitando. Nadie sabría. Nuestro secreto de élite. Ahora, en mi ático, solo de pensarlo me toco. Quién sabe qué yate sigue…