Estábamos en el yate de mi jefe, un puto palacio flotante frente a Ibiza. Cuero blanco en los asientos, olor a sal y Chanel, champán Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal. Yo, con mi vestido de seda negro que apenas contenía mis tetas enormes –culpa de esa operación loca en Suiza–, charlaba contratos con el grupo. Mi amiga Nidia, esa petite diabla con curvas latinas, reía soltando chistes sucios. Y él… Lathos, el nuevo, con gafas finas, traje ajustado, pelo revuelto. Sus ojos me comían mientras firmábamos papeles. ‘Runna, este deal es oro’, murmuró, rozando mi mano. Sentí el calor subir, mi coño ya húmedo. Nidia guiñó: ‘Cuidado, gafitas, que te devora’. El sol se ponía, luces LED parpadeando, música house suave. La tensión crecía con cada mirada. Sus labios carnosos, mi piel bronceada brillando de sudor fino. ‘Ven, hablemos privado’, le dije, voz ronca, tirando de su corbata hacia la cabina master.
La puerta se cerró, clic metálico. Olía a cuero nuevo y mi perfume caro. Lo empujé contra la pared forrada de terciopelo, besándolo feroz. ‘Joder, Runna…’, jadeó, manos temblando en mis tetas. Las saqué, enormes, pesadas, pezones duros como diamantes. ‘Chúpamelas’, ordené, y él obedeció, lengua caliente lamiendo, mordisqueando. Gemí, bajando su cremallera. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘Qué pedazo de verga, gafitas’, ronroneé, arrodillándome. La tragué entera, garganta profunda, saliva chorreando. Él gruñó, agarrando mi pelo rubio. ‘Para… no aguanto’. Lo ignoré, chupando fuerte, bolas en mi mano, masajeando. Luego, me puse de pie, skirt arriba, tanga a un lado. Mi coño rasurado, hinchado, listo. ‘Fóllame ya’. Me levantó, piernas alrededor de su cintura, y me empaló. ¡Dios! Entró hasta el fondo, rozando mi punto G. Reboté en él, tetas golpeando su cara, sudor mezclándose. ‘Más duro, cabrón’, grité. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje en la cama king size, sábanas de hilo 1000. Su polla me abría, jugos chorreando por sus huevos. ‘Tu coño es una puta gloria, apretado y caliente’, jadeó. Le clavé uñas, orgasmos uno tras otro, gritando su nombre. Él explotó dentro, leche caliente llenándome, desbordando. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa.
La tensión en la cubierta VIP
Minutos después, nos recompusimos. Toallitas húmedas de Hermès, perfume fresco. ‘Nadie sabrá, ¿eh?’, susurré, guiñando. Él asintió, gafas empañadas aún. Salimos a cubierta, yo con vestido impecable, él corbata recta. Nidia levantó ceja: ‘¿Contrato cerrado?’. ‘Perfecto’, dije, sorbiendo champán. Brindamos, risas, vistas al mar negro. El secreto nos unía, ese polvo elite, poder y placer puro. Como si nada, pero mi coño aún palpitaba recordándolo.