You are currently viewing Mi follada salvaje con el vikingo en el yate privado

Mi follada salvaje con el vikingo en el yate privado

Estábamos en ese yate privado, anclado frente a la Costa Brava. Sol radiante, piscina infinita con vistas al mar turquesa. El cuero de los cojines olía a lujo caro, mezclado con sal marina. Champagne Dom Pérignon en copas heladas, burbujas picando en la lengua. Miguel y yo, bronceándonos en topless. Al lado, el matrimonio escandinavo: él, un armario vikingo de dos metros, tatuado hasta las cejas; ella, Ingrid, rubia con tetas enormes y piercing en el pezón.

—Mmm, qué bien estamos aquí, ¿no, Sofía? —murmuró Miguel, rozándome la cadera.

La tensión sube en la piscina del yate

—Uf, sí… este sitio es puro vicio —respondí, cerrando los ojos. El sol calentaba mi piel, gotas de agua resbalando por mi trikini de seda.

Miradas cruzadas. Knut no quitaba ojo de mis tetas. Pequeñas, pero firmes, con areolas oscuras que contrastaban con mi piel morena. Ingrid sonrió, quitándose el bikini. Sus pechos bailaban libres, blancos como leche.

—¿Ves cómo te mira el grandullón? —dijo Miguel, voz ronca.

—Bah, tú también babeas por las de ella. Admítelo.

Él rio bajito. La tensión crecía. El aire cargado de feromonas. Pidieron unos cócteles, se acercaron. Charla ligera: yates, jets, fiestas en Mónaco. Pero los ojos decían otra cosa. Knut rozó mi muslo al pasarme la copa. Electricidad.

De repente, el yate viró a una cala privada. Espacio VIP hecho nuestro. Puertas cerradas, tripulación abajo. Solo nosotros cuatro en la cubierta superior.

—¿Os animáis a un juego? —propuso Ingrid, con acento nórdico sexy.

Miguel tragó saliva. Yo sentí mi coño humedecerse. Asentimos.

El polvo brutal y el regreso a la élite

Entramos en la suite master. Alfombras persas, cama king size con sábanas de hilo 1000. Olor a sándalo y sexo inminente. Knut me besó primero. Boca grande, barba raspando. Manos enormes amasando mis tetas. Gemí.

—Joder, qué polla tienes —susurré, bajando la cremallera de su bañador. Salió como un tronco: venosa, gorda, cabezota morada palpitando. Midiendo fácil 23 cm. Miguel jadeaba mirando, con la mano en su paquete.

Ingrid se arrodilló ante él, chupando su verga mientras yo me tumbé, abriendo las piernas. Mi chochito depilado, labios hinchados, jugoso. Knut se lanzó. Lengua experta lamiendo mi clítoris, dedos gruesos metiéndose hasta el fondo. Olía a mi excitación, salado y dulce.

—Fóllame ya, cabrón —rogué.

Me penetró de un empellón. Relleno total. Su polla partiendo mi coño en dos, rozando el útero. Gruñía como bestia, tetas rebotando con cada embestida. Sudor perlando su pecho tatuado. Yo arañándolo, uñas en su espalda.

Miguel follaba la boca de Ingrid, pero no perdía detalle. “¡Más fuerte!”, gritó. Knut aceleró, bolas golpeando mi culo. Sentí el orgasmo subir: coño contrayéndose, chorros de jugo empapando las sábanas. Él se corrió dentro, leche caliente inundándome, desbordando por mis muslos.

Cambiaron. Miguel se vació en Ingrid, pero el clímax fue nuestro. Exhausta, con polla escandinava goteando de mi raja.

Minutos después, copas en mano, risas. Trajes puestos, crema solar. Como si nada. “Buen chapuzón”, dijo Knut, guiñando. Nuestro secreto élite. Bajamos a comer caviar. Adrenalina pura, poder del lujo. Volvería a follarlo mañana.

Leave a Reply