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Mi follada salvaje con el chico del servicio en el yate privado

Estaba en el yate privado de mi amante, anclado en las aguas cristalinas de Ibiza. El sol pegaba fuerte, olía a cuero nuevo de los asientos y a sal marina. Le preparé su outfit: un traje blanco de lino italiano, camisa vaporosa y tacones Louboutin blancos. Igual que yo, talla perfecta. Nada de lencería complicada, hacía calor. Me llamó desde el baño, desnudas las dos para el desayuno. No podía quitarle los ojos de encima, imaginándola con los conjuntos que le dejé en la cama king size.

—Eh, ¿estás distraída, cariño?

La tensión en el yate de lujo

—Un poco… ¿A qué hora vuelves esta noche?

—Alrededor de las siete, espero no tarde. Tengo esa reunión con los inversores en el club exclusivo.

—Uf, el día se me va a hacer eterno. Quiero verte.

—Tienes el móvil, pero sé que no es lo mismo. ¡Espera, idea!

Corrió al despacho high-tech del yate, rebuscando en un cajón. Sus pelos húmedos pegados a la piel bronceada… La deseaba ya. Sacó una webcam de alta gama.

—¡Tachán!

—¿Para qué?

—Mi portátil en la reunión tiene videoconferencia. Instálala y nos vemos. Tengo que vestirme o llego tarde.

Vio el conjunto y dudó, sosteniendo las bragas de encaje.

—¿Esto para la oficina?

—El traje es opaco, no se nota nada. Pruébatelo.

Se lo puso, besándome suave. Sus pezones asomaban duros por los huecos, su coño depilado perfecto. La vi vestirse a regañadientes. En el baño, le metí en el bolso el plug anal que usamos ayer. Antes de irse, la paré, levanté su falda y besé su coño aún salado. Subí, la besé en la boca.

—Vete ya, mi amor.

Desde la lancha rápida, me mandó un beso. Sola, la echaba de menos: su cuerpo, su olor a Chanel y sudor. Me duché pensando en folladas pasadas, me toqué despacio. Luego, al despacho, encendí el portátil. Resolví emails de contratos antes de excitarme más. Mi socia me mandó datos de un cliente VIP. Llamé:

—Hola, soy yo.

—¿Viste el mail? Es suave, pero si vienes vestida así al curro…

—Ja, no sabía que eras tan pícaro.

Los tíos y sus instintos… Colgué, instalé la webcam. Calidad top, pero sin cable. Miré el vídeo de anoche: ella chupándome las tetas, su cara en mi coño. Me empapé. Su llamada:

—Conéctate por Messenger, te mando link.

A mediodía, nos vimos. Ella comiendo sushi en la sala VIP del club.

—Quítate el vestido, quiero verte desnuda.

Me lo saqué, amasé mis tetas frente a la cam, lamí mis pezones. Ella abrió la blusa, tetas duras. Me metí dedos en el coño.

—Métetelos más.

Levantó falda: coño húmedo, plug asomando. Me corrí viéndola. Pero cortó:

—Llegaste tarde, esta noche te castigas.

El polvo brutal en la bodega privada

Horas después, sonó el timbre del yate. Servicio técnico para revisar los sistemas del agua, lujoso, discreto. Dos: un jefe cuarentón y un chaval joven, rubio, traje impecable. El jefe bajó a bodegas, el chico entró.

—¿Dónde el contador?

—No vivo aquí, la dueña está fuera.

Se agachó en la cocina de mármol. Olía a su colonia cara. Me acerqué, rozándolo. Se sonrojó.

—Perdón…

—No pasa nada. ¿En el baño?

Lo guié, rozando su culo firme. Nada. Bajamos a la bodega de vinos, privada, oscura, olor a roble y champán. El jefe se fue: “Urgente”. Sola con el chaval.

—Soy Lucía. ¿Tú?

—Ste… Esteban.

Le guiñé, subí. Bajé desnuda con condones. Cerré la puerta. Me miró atónito. Caminé, tetas bamboleando.

—Tócame.

Puso manos en mis tetas, chupó pezones. Bajó a mi coño ardiendo, lamió clítoris, metió dedos. Le abrí pantalón: polla dura, gruesa, olor masculino. La lamí por el bóxer, saqué: verga tiesa, capullo rojo.

—¿Quieres que te la chupe?

—S-sí…

—Dilo fuerte.

—¡Chúpamela!

Le puse condón, lamí huevos llenos, tragué hasta garganta. Me folló en cuatro: polla al fondo del coño, de un empellón. Grité, tapó mi boca. Ritmo brutal, me corría. Metió dedo en culo, lo abrí más. Me taladró ano y coño, orgasmo brutal. Se corrió dentro, leche caliente filtrando.

En el salón, otra ronda: me enculé en el sofá de cuero. Polla caliente en mi culo, me rompió. Se corrió de nuevo. Le di mi móvil.

—Llámame, quiero más sin goma.

Se fue sonriente. Limpié esperma de mi piel, no me lavé. Mail de ella: instrucciones para castigo. Me puse arnés de cuero negro, pinzas en pezones y labios, esperé en la suite principal, cadena en vigas, semen fresco goteando. Entró, olió.

—¿Leche?

—Sí…

—Cuéntame.

Le conté todo. Sonrió:

—Has sido mala. Ahora, castigo.

Me arrodilló, besó duro. Secretos de élite, volvimos a la normalidad: copa de Dom Pérignon, risas, como si nada. Pero su mirada prometía más.

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