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Mi follada brutal en el yate privado de Ibiza

Estábamos en mi yate privado, anclado frente a Ibiza, el sol cayendo como fuego sobre el mar. Yo, con mi bikini de seda negra que apenas cubría mis tetas grandes y mi culo redondo, servía champán Dom Pérignon en copas frías. Él, mi amante, un tiburón de los negocios con traje hecho a medida, revisaba contratos en la mesa de teca pulida. Olía a sal marina, a cuero caro de los asientos y a su colonia fuerte, que me ponía cachonda.

Sus ojos subían de los papeles a mis pezones duros, marcados bajo la tela fina. ‘Cariño, estos deals nos van a hacer millonarios’, murmuró, pero su voz ronca traicionaba el hambre. Yo me acerqué, rozando mi muslo contra su polla ya semi-dura bajo los pantalones. ‘Olvídate de los contratos, amor. Aquí manda el placer’. Le besé el cuello, saboreando el sudor salado. La cubierta VIP era nuestra, con cortinas de lino ondeando, aislados del mundo. Pero la adrenalina del poder, de saber que éramos intocables, nos encendía.

La tensión sube en la cubierta VIP

De repente, lo empujé contra la barandilla de acero cromado. ‘Fóllame ya’, le susurré, quitándome el bikini de un tirón. Mis tetas pesadas rebotaban libres, pezones oscuros erectos. Él se bajó los pantalones, su polla gruesa saltando fuera, venosa y palpitante. Me puse de rodillas primero, chupándola hondo, sintiendo el sabor salado de su prepucio, el olor a macho excitado. ‘Joder, qué boca, puta mía’, gruñó.

Luego me giré, agachándome sobre la barandilla, piernas abiertas, coño chorreando ya. El viento fresco lamía mi clítoris hinchado. Sacó el móvil en trípode, grabando como siempre, nuestro ritual VIP. ‘Voy a reventarte ese coño’, dijo, escupiendo en su mano para lubricar. Me embistió de golpe, su polla dura como hierro clavándose hasta el fondo. ‘¡Ahhh! Sí, cabrón, así’, gemí, mis orteils se curvaban contra la madera caliente.

Me agarraba las caderas, follando con ritmo de pistón, diez minutos ya, mis tetas bamboleando como locas, chocando contra la barandilla. Olía a sexo, a mi coño mojado y su sudor. Introdujo un dedo mojado de saliva en mi culo, mientras yo me frotaba el clítoris furiosa. ‘Me vengo, joder’, jadeé. Pero vi movimiento por el rabillo: un velero antiguo acercándose silencioso, con una rubia espectacular al timón. Más mayor que yo, unos 50, delgada, en vestido blanco traslúcido, sombrero de paja, tetas en pera sin sujetador balanceándose.

El clímax prohibido y el secreto élite

Se nos quedó mirando, sonrisa pícara, sin parar. Su falda subía mostrando bragas blancas hundidas en la raja. ‘¡Dios!’. Mi coño se contrajo más. Él se congeló un segundo, polla enterrada en mí, huevos contra mi clítoris. ‘¿Quién coño es esa?’, murmuró excitado. Ella pasó cerca, saludando con voz ronca: ‘¡Buenas tardes! No os molestéis por mí, qué espectáculo tan… inspirador’. Y siguió, pedaleando… no, timoneando con gracia.

‘¿Paro?’, preguntó él, pero yo negué: ‘¡No, fóllame más duro!’. Reanudó, brutal, palmadas de su vientre contra mi culo resonando en el mar. ‘Esa tía te ha puesto como una piedra’, reí yo, masturbándome. Sus tetas saltaban, mis jugos chorreaban por sus huevos. ‘Tu coño está más apretado que nunca, zorra’. Aceleró, dedo en mi ano, yo al borde. Viene el orgasmo: huevos se le suben, yo grito, contracciones en mi coño ordeñándolo. Él explota dentro, chorros calientes llenándome, temblando. ‘¡Joder, sí!’. Me corro yo también, rodillas flojas, chorro de placer.

Nos quedamos jadeando, él saliendo con un ‘pop’, semen goteando de mi coño. Apagó la cámara. La rubia ya lejos, pero su mirada… un secreto de élite. Nos vestimos rápido, champán en mano, como si nada. ‘Preciosa follada, ¿eh?’, dijo él besándome. ‘Y con público VIP’. Bajamos a la cabina, contratos olvidados, planeando ver el vídeo mientras follamos de nuevo. Ese yate, ese momento… puro lujo prohibido.

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