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Mi felación salvaje en la suite VIP del heredero

Ay, chicas, acabo de volver de esa suite en el hotel de cinco estrellas en las montañas. Todo olía a cuero italiano nuevo, suave bajo mis dedos, y el champán Dom Pérignon burbujeaba en copas heladas, con ese toque dulce en la lengua. Tomás, el primo del tipo que me salvó la vida en ese accidente loco, me había invitado. Dieciocho años, pero ya heredero de un imperio, con esa mirada de chico malo en traje hecho a medida. Estábamos en la mesa de mármol negro, rodeados de dossiers de contratos millonarios. Firmas por yates, jets privados… él hojeaba páginas, pero sus ojos se clavaban en mis tetas, bajo la seda de mi vestido rojo ceñido.

“Carmen, mira este…”, murmuró, voz grave, rozando mi mano al pasarme el papel. Eh… sentí el calor subir. Nuestros dedos se enredaron un segundo de más. El aire se cargó, pesado como antes de una tormenta. La adrenalina del poder, del dinero que flotaba ahí. Me mordí el labio, crucé las piernas, notando cómo mi coño ya humedecía las bragas de encaje. Él carraspeó, se ajustó los pantalones. “¿Estás bien?”, preguntó, con esa sonrisa ladeada. Asentí, pero me acerqué más. La puerta doble de roble se cerró con un clic suave. Corrí las cortinas pesadas de terciopelo, dejando solo la luz tenue de las lámparas Swarovski. Ahora, el espacio VIP era nuestro. Privado. Solo él y yo, con el rumor lejano de la piscina infinita abajo.

La tensión en el ático privado

No aguanté. Me arrodillé entre sus piernas, en la alfombra persa mullida. Desabroché su cinturón, lento, oyendo su respiración acelerada. Saqué esa polla enorme, venosa, ya tiesa como una barra de acero. Olía a hombre limpio, a colonia cara mezclada con pre-semen. “Joder, Tomás…”, susurré, lamiendo el glande hinchado, salado en mi lengua. Él gimió, “Carmen, espera… no… sí, hostia”. Agarré sus bolas pesadas, suaves con pelitos finos, masajeándolas mientras metía la verga hasta la garganta. Chupaba fuerte, succionando como una puta profesional, saliva goteando por la barbilla. Él me embistió la boca, cogiéndome el pelo con manos temblorosas. “¡Mámala entera, coño!”, gruñó, follando mi cara sin piedad. Sentía las venas palpitar, el rabo hinchándose más. Me metí dos dedos en el coño empapado, frotando el clítoris hinchado, gimiendo alrededor de su polla. Él jadeaba, “Voy a correrme… trágatelo todo, puta rica”. Explosó, chorros calientes y espesos llenándome la boca, bajando por la garganta. Tragué, lamiendo cada gota, mientras él temblaba, sudado, oliendo a sexo puro.

Me levanté despacio, limpiándome la boca con el dorso de la mano, sonrisa pícara. Él se subió los pantalones, rojo como un tomate, pero excitado aún. “Increíble…”, balbuceó. Serví más champán, el burbujeo rompiendo el silencio. Brindamos, ojos cómplices. “Como si nada”, dije riendo suave, ajustándome el vestido. Nadie en el lobby sospecharía. Nuestro secreto de élite, ese polvo oral brutal en medio del lujo. Él firmó los contratos al día siguiente, y yo… volví con el sabor de su lefa en la boca. Puro vicio VIP.

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