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Mi Experiencia Tórida en la Suite VIP de Budapest

Llegamos a Budapest en jet privado, agotados pero excitados. El hotel era puro lujo, en el corazón de Pest, con vistas al Danubio que brillaban al atardecer. La suite ocupaba todo un piso: madera de pino noble, sofá de cuero negro que olía a riqueza, champán Dom Pérignon enfriándose en un cubo de plata. Alex, mi socio en este trato millonario, extendió los contratos sobre la mesa baja. Yo, con mi vestido de seda roja ceñido, crucé las piernas, notando cómo sus ojos bajaban a mis pechos.

—Firma aquí, Sofia —dijo él, voz ronca, mientras rozaba mi mano. El aire estaba cargado, ehm… como si los números de los contratos fueran excusa. Me incliné, mi escote profundo captando su mirada. El cuero del sofá crujió cuando me senté más cerca. Brindamos, el champán burbujeante en mi lengua, dulce y frío. Sus dedos rozaron mi muslo bajo la mesa, ‘accidentalmente’. Sonreí, mordiéndome el labio. La recepcionista, una pelirroja alta y sexy que solo hablaba inglés, nos había dado la llave con una sonrisa pícara. Ahora, solos en este espacio VIP que se volvía nuestro.

La Tensión en el Lounge Exclusivo

Subimos las escaleras internas a la zona de dormitorio. La bañera era enorme, azulejos negros brillantes, bidé blanco reluciente. —Necesito una ducha, estoy sudada del vuelo —murmuré, quitándome el vestido. Desnuda, vi en su mirada el hambre. Él se desvistió rápido, su polla ya medio dura. Entramos en la cabina de lluvia tropical, el agua tibia cayendo como caricias.

Lo enjaboné primero, mis manos resbalando por su pecho, bajando a su verga gruesa. —Déjame lavarte bien —susurré, apretando sus huevos, masajeando lento. Olía a jabón caro, almizclado. Él gimió, me giró, frotando su cuerpo contra el mío, lubricados por la espuma. Mis pezones rozaban su piel, duros como piedras. Bajé la mano a su culo, dedos en la raja, tocando su ano jabonoso. —Joder, Sofia… —gruñó. Imitó, su dedo en mi coño primero, luego en mi culo apretado. Nos miramos, riendo nerviosos, y nos besamos: labios suaves al principio, luego lenguas salvajes enredándose.

Me arrodillé, saqué un condón del bolsillo impermeable. Lo desenrollé con la boca sobre su polla tiesa, chupando el glande hinchado, lengua girando. Sabía a él, salado. Me puse de pie, pierna en alto contra la pared de mármol frío. Guie su verga enganchada a mi coño empapado. —Fóllame ya —jadeé. Entró lento, llenándome, caliente pese al látex. Me quedé quieta, sintiendo su grosor estirándome, pulsando.

El Placer Brutal Bajo el Agua

Empecé a mover las caderas, despacio, su dedo aún en mi ano, presionando. Él aceleró, embistiéndome fuerte, salpicando agua. —¡Más duro! —grité, uñas en su espalda. Su polla entraba y salía, rozando mi punto G, mis paredes apretándolo. Sentía su dedo en mi culo a través de la fina pared, doblo mi excitación. Gemí alto, —¡Me corro, joder! —mis jugos chorreando. Él aulló, —¡Toma mi leche! —y eyaculó fuerte, chorros calientes que notaba vibrar.

Nos abrazamos, dedos aún jugando en culos resbalosos, calmando el fuego. Saqué el condón, vacié su corrida espesa en mis tetas, masajeándola, pegajosa y caliente. —Me encanta tu semen, Alex. La próxima te lo trago todo, tiene que estar delicioso…

Nos secamos, yo me puse un vestido negro largo, escotado, sin bragas ni sujetador, seda rozando mi piel sensible. Él, camisa blanca y pantalón negro. Bajamos al ascensor como si nada, sonrisas cómplices. Eran las 19h, salimos a cenar en un restaurante exclusivo. Nadie adivina nuestro secreto de élite, esta follada brutal en el paraíso VIP. Pero yo lo llevo grabado, el olor a sexo mezclado con champán.

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