Ay, amor, aún huelo el cuero caro del yate de ese magnate. Era un club exclusivo flotando en la Costa Azul, solo para la élite. Yo, con mi vestido de seda negra ceñido al cuerpo, invitada por un contacto de negocios. Él, Javier, el tipo de al lado en la sala VIP, con trajes italianos y ojos que queman. Estábamos revisando contratos, dossiers apilados en la mesa de caoba. El champagne Dom Pérignon burbujeaba en copas cristal, frío y dulce en mi lengua.
Sus miradas… uf, cruzaban las páginas como fuego. ‘Mira esto, Natalia’, decía, inclinándose, su aliento cálido rozando mi cuello. Yo sentía su pierna rozar la mía bajo la mesa, accidental… o no. El sol se ponía, tiñendo el mar de oro, y el aire olía a sal y su colonia cara, madera y deseo. ‘¿Segura de firmar?’, murmuraba, su voz ronca. Yo mordía mi labio, ‘Sí, pero solo si me das más detalles… privados’. La sala VIP se vaciaba, los otros se iban al bar. Nos quedamos solos, la puerta se cierra con clic suave. El espacio se volvió nuestro.
La tensión entre contratos y miradas ardientes
De repente, su mano en mi muslo, subiendo la seda. ‘Joder, Natalia, desde que te vi en el balcón de la suite…’. Ah, sí, lo pillé antes, él se tocaba mirando mi silueta. Ahora, aquí, lo empujo contra el sofá de cuero. ‘Quítate eso’, le ordeno, voz temblorosa de ganas. Su polla ya dura, enorme, saltando del pantalón. La agarro, venosa, caliente, late en mi palma. ‘Mmm, qué pedazo de verga’, gimo, lamiendo el prepucio salado. Él gruñe, ‘Chúpamela, puta rica’. Me arrodillo, el suelo alfombrado suave, y la engullo, garganta profunda, saliva chorreando. Huele a macho, a poder.
El clímax brutal en la suite privada
Me pone a cuatro, falda arriba, tanga rota. ‘Tu coño está chorreando, zorra’, dice, metiendo dedos, chapoteo húmedo. ‘Fóllame ya, joder’, suplico, culo en pompa. Su polla embiste, rasgando mi chocho apretado. ¡Ay! Duele y mola, cada estocada contra el útero. ‘Más fuerte, cabrón, destrózame’. Sudor mezclado, piel contra piel, slap slap slap. Me agarra el pelo, tira, mientras me come el culo con la otra mano. ‘Voy a llenarte de leche’, ruge. Yo reviento primero, coño contrayéndose, chorros calientes. Él eyacula dentro, chorros espesos, gimiendo como animal. Caemos, jadeando, su semen goteando mis muslos.
Minutos después, nos recomponemos. Copas de champagne otra vez, contratos firmados. ‘Buen negocio, Natalia’, dice con sonrisa impecable, como si nada. Yo asiento, piernas temblando aún. ‘Sí, exclusivo’. Bajamos al muelle, él con su séquito, yo con mi secreto élite. Ese orgasmo compartido, solo nuestro. Mañana, negocios como siempre… pero recordaré su polla toda la vida.