Acabo de salir del ascensor del Ritz en París. El aire huele a cuero nuevo y a ese perfume caro que usan los ricos. Llevo mi vestido de seda negra, ajustado, que roza mis pezones con cada paso. Estamos en octubre, fresco, pero aquí dentro hace calor con la excitación. Tengo 41 años y adoro estos mundos de privilegios, donde el poder se mezcla con el deseo puro.
Me dirijo al lounge VIP, reservado para reuniones de alto nivel. Él ya está ahí, sentado en un sofá de piel italiana, revisando contratos. Un hombre de unos 60, bien conservado, traje a medida, barba recortada. Nuestras miradas se cruzan. ¿Te acuerdas de mí? Sonrío, coqueta. Hace meses nos vimos en un yate en Cannes. Él asiente, ojos brillantes. ‘Ven, siéntate’, dice con voz grave, ronca.
La tensión sube en el lounge exclusivo
Nos acercamos los papeles, pero la tensión crece. Su rodilla roza la mía. Huele a colonia fuerte, a hombre maduro. Abro el Dom Pérignon que trajeron, el burbujeo frío en la copa, sabor ácido en la lengua. ‘Eres la misma puta caliente de siempre’, murmura, y yo río bajito, ‘Y tú el mismo semental que me folla como nadie’. Sus dedos rozan mi muslo bajo la mesa de mármol. El lounge está casi vacío, solo un par de ejecutivos lejanos. Pero yo quiero más. ‘Vamos arriba’, susurro, y él llama al botones con un gesto.
La suite presidencial. Puerta se cierra con clic suave. Espacio privado, luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio. Olor a jazmín del ambientador. Él me empuja contra la pared, boca en mi cuello, mordiendo. ‘Quítate eso’, gruñe. Deslizo el vestido, quedo en tanga de encaje y tacones. Sus manos grandes aprietan mis tetas, pezones duros como piedras. ‘Mmm, qué rica estás’, dice, y yo gimo, ‘Fóllame ya, papi’.
Se baja los pantalones. Polla gruesa, venosa, ya tiesa, goteando precum. Me arrodillo en la alfombra persa, suave bajo las rodillas. La agarro, pesada, caliente. La lamo desde la base, sabor salado, olor a macho. ‘Joder, qué boca’, jadea él. La chupo hondo, garganta apretada, saliva chorreando. Va y viene, follando mi boca. ‘Recuerdas el yate? Te tragué toda allí’, digo entre arcadas. Él ríe, ‘Sí, y ahora te voy a partir el coño’.
El clímax brutal en la privacidad total
Me tira en la cama, piernas abiertas. Tanga aparte, mi coño depilado brilla mojado. Mete dos dedos, chapoteo húmedo, ‘Estás inundada, puta’. Lamé mi clítoris, lengua experta, me corro rápido, chillando, jugos en su barba. ‘Ahora mi turno’, dice. Se pone encima, polla en mi entrada. Empuja, duele rico, me llena entera. ‘¡Aaaah, sí, fóllame fuerte!’, grito. Embiste brutal, piel contra piel, slap slap slap. Sus bolas golpean mi culo, tetas rebotando. Me besa, lengua invasora, ahogando gemidos.
Cambia, me pone a cuatro, nalgadas rojas. ‘Tu culo es mío’. Escupe, mete un dedo en mi ojete, luego la polla. Estrecho, ardiente, me folla el culo sin piedad. ‘¡Más, joder, rómpeme!’, suplico. Sudor gotea, olor a sexo puro. Se tensa, ‘Me corro’, gruñe. Chorros calientes dentro, rebosan. Yo tiemblo, otro orgasmo, piernas flojas.
Minutos después, ducha rápida, agua caliente lavando todo. Nos vestimos, él ajusta corbata, yo retoco labial rojo. Bajamos al lounge como si nada. Firmamos contratos, sonrisas profesionales. ‘Hasta la próxima, preciosa’, guiña. Salgo, piernas temblando aún, secreto elite guardado. Ese poder, esa exclusividad… adictivo.