Me llamo Mado, tengo 56 años, soltera y, sin falsa modestia, sigo volviendo locos a los hombres. Pero solo una aventura merece contarse: la de mi sobrino Víctor, 31 años, en un yate privado de la familia, anclado en la Costa Azul. Él, empresario guapo y ambicioso, y yo, la tía chic que adora el lujo y el morbo del poder.
Era verano, el yate relucía bajo el sol: cuero italiano en los salones, olor a sal marina mezclado con Chanel N°5, botellas de Dom Pérignon enfriándose. Nos reunimos solos para revisar contratos de inversión familiar. Papeles sobre la mesa de caoba, vistas al mar infinito. Yo en bikini de diseñador, él en camisa blanca desabotonada. Empezamos serios, pero… sus ojos se desviaban. “Tía, este cláusula… eh… parece riesgosa”, decía, mientras yo cruzaba las piernas, sintiendo su mirada en mis pechos. El aire acondicionado zumbaba, el cuero crujía bajo nosotros. Brindamos con champán, burbujas dulces en la lengua, y las risas se volvieron pícaras. “Víctor, no me mires así, que soy tu tía”, bromeé, rozando su rodilla ‘sin querer’. Él sonrió, rojo: “Perdón, Mado, es que… estás increíble”. La tensión crecía, como electricidad. Dejé caer un dossier, me agaché despacio, dándole vista al trasero. Cuando el mayordomo se fue, el espacio VIP se volvió nuestro: cerré la puerta de la suite principal, solo nosotros, el mar testigo.
La tensión sube en el yate exclusivo
Un paquete llegó por helicóptero: lencería de La Perla, seda pura. “Mira, Víctor, acabo de recibir esto. ¿Me ayudas a probar?”, le dije juguetona, abriendo la caja. Él tragó saliva: “Eh… claro, tía, por qué no”. Me quité el bikini, natural, como si nada. Mi piel bronceada, pechos firmes. El olor a seda nueva me excitó. Primero un tanga negro, lo deslicé lento, pubis depilado a la vista. “¿Qué tal?”, pregunté, girando. “Joder, Mado… sexy mortal”. Se acercó, tocó la tela en mis nalgas: “Suave como tu piel”. Me puse de espaldas, abrí un cajón fingiendo buscar, culazo en pompa. Sus manos ya no pedían permiso, amasaba mis nalgas, dedo rozando el ano. “Busca… toma tu tiempo”, gemí bajito. Encontré un string rojo, me lo puse, piernas abiertas frente a él. Su mano bajó al coño, tela húmeda. “Mado, estás empapada”. Me senté en su regazo, polla dura contra mí. “Si tanto te gusta, tócame bien”, susurré. Su dedo entró en mi coño chorreante, frotando clítoris. Yo gemí, arqueé espalda. Me lamió tetas, pezones duros como diamantes. Me levantó, tiró el string, piernas abiertas en la cama king size. Lengua en muslos, subiendo… besó mi coño, lamió lento el clítoris, dedo dentro follándome. “¡Sí, Víctor, come mi coño!”, grité, corriéndome fuerte, jugos en su boca.
El clímax brutal y el regreso a la élite
Lo tumbé, bajé pantalón: polla gruesa, venosa, tiesa. La chupé golosa, lengua en el glande, bolas en mano. “Tía… joder…”. Tragué hasta la garganta, él explotó: leche caliente llenándome boca, tragué todo, lamiendo restos. Cenamos en cubierta, langosta y vino, bromeando como si nada: “Ese contrato necesita… más acción”. Noche en suite, desnudos. Otro cunnilingus brutal, corrí de nuevo. Me penetró: polla abriéndose paso en mi coño apretado. “Fóllame duro, sobrino”. Misionero, levrette –nalgas rojas de palmadas–, yo encima cabalgando, tetas botando. Eyaculó dentro, semen caliente rebosando.
Al amanecer, 69 rápido: mi coño en su cara, su polla en mi boca. Follando una vez más antes de zarpar. Luego, contratos firmados, sonrisas educadas con la tripulación. Él: “Gracias por la… reunión, tía”. Yo: “Secreto nuestro, elite pura”. Ahora sueño con repetirlo, ese poder prohibido en lujo absoluto.