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Mi noche de dominación total en la suite VIP de Madrid

Acabábamos de llegar a Madrid para cerrar ese megaproyecto con el grupo alimentario. Yo, en mi tailleur negro ajustado, tacones Louboutin que crujían sobre el mármol del lobby del hotel en la Castellana. Jean-Pierre, mi joven colaborador, cargaba las maletas con esa torpeza que me ponía… nerviosa. El aire olía a cuero nuevo de los sillones y a jazmín del ambientador. Junior suite impresionante: vistas a la ciudad, cama king size con sábanas de hilo egipcio, minibar con champán Dom Pérignon enfriándose.

Trabajamos toda la tarde en reuniones, pero en el avión ya notaba sus miradas. Sus ojos bajando por mis piernas, deteniéndose en mis pies. En la suite, cena ligera: ostras y foie con vistas panorámicas. Reluíamos contratos lado a lado en la mesa de caoba. Nuestros codos se rozaban, su mano temblaba al pasar páginas. ‘Lee esto en voz alta’, le dije con tono firme. Se sonrojó, tartamudeó. ‘Céntrate, Jean-Pierre’. Olía su colonia fresca mezclada con sudor nervioso. Pensaba en esa BD que encontré en su oficina: mujeres elegantes flagelando pollas erectas. Me mojaba imaginándolo.

La tensión sube en la suite de lujo

Le eché a las nueve, seco: ‘Mañana a las ocho, listo para negociar’. Me duché, agua caliente resbalando por mi piel, vapor empañando los espejos. Mi coño palpitaba. Pensé en él, en su sumisión. Me puse un kimono de seda rosa, corto, rozando mis muslos. Debajo, body negro de encaje que me hacía tetas firmes. Tacones rojos. Vi el raspador de zapatos en el armario: plástico negro, mango de madera. Lo probé en mi palma: clac. Perfecto. Agarré el cordón de la cortina. Llamé: ‘Jean-Pierre, el memo está mal. Ven ahora’. Silencio. ‘¿Eh… ahora?’. ‘Sí, ahora. Ponte una bata y sube’.

Abro la puerta: él en bata azul sobre pijama, pantuflas. Sus ojos en mis piernas desnudas. ‘Entra’. Me siento, cruzo piernas. ‘Lee el párrafo’. Mira mis muslos, balbucea. ‘¡¿Qué miras?! ¿Mis piernas te ponen cachondo?’. Me levanto, manos en caderas, piernas abiertas. Le cojo la barbilla: ‘Eres un cerdo. Te voy a castigar’. Le suelto una bofetada. Gime: ‘Perdón…’. ‘Quítate todo’. Duda. ‘¡Desnúdate ya o será peor!’.

Se desnuda: polla tiesa, dura como piedra, huevos redondos. Cuerpo atlético, joven. ‘¡Mira cómo bandeas por mí!’. Otra cachetada. Me acerco, nariz con nariz: ‘¿Quieres tocar mis muslos?’. Agarro su verga, aprieto, retuerzo. Caliente, pulsante. ‘¿Quieres que te castigue?’. ‘S-sí, señora…’. ato sus manos con el cordón. Lo arrastro por la polla al dormitorio: ‘A cuatro patas en la cama’. Faldillas arriba, ano entreabierto, huevos colgando. Paso el raspador por su raja, toco bolas. Clac: primer golpe en nalga. Grita. ‘¡Cállate! Diez latigazos’. Fuerte, más fuerte. Nalga roja, rayas. Su espalda arquea, huevos bailan. Mi coño chorrea, pezones duros contra seda.

El castigo brutal y el clímax prohibido

Termino, acaricio su espalda, bajo a huevos, aprieto su polla: ‘Buen chico’. Lo levanto, desato. ‘Arrodíllate’. Quito tacón, pie en su cabeza: ‘Lámeme los pies’. Sus labios en mis dedos, uñas rojo pasión. Sube por talón, pantorrillas, rodillas. ‘Para, no más’. Pero su nariz roza mi encaje, huele mi coño húmedo. Lo arrastro al baño por la verga: ‘Te voy a vaciar’. Lo meneo lento, luego rápido. Aprieto huevos. ‘¡Corre ya, joder!’. Explota: chorros blancos pegajosos en la pared, azulejos, bañera. Gime, mirándome con adoración.

‘Vete, mañana desayuno trabajo a las ocho’. Sale. Yo, cachonda y frustrada. Pruebo su leche de la bañera: salada, espesa. En la cama, meto mi dildo negro: entra fácil, lo follo pensando en su polla. Corro gritando.

Al día siguiente, en el restaurante: yo impecable, coleta, traje gris. ‘Bonjour, siéntate. Revisemos el dossier mientras desayunamos’. Él tímido, ojos bajos. Sonrío: nuestro secreto de élite. Poder, placer, lujo. inolvidable.

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