Ay, chicas, acabo de bajar del jet de Diego, el mejor amigo de mi Carlos desde niños. Llevo seis años con Carlos, vivimos juntos en un ático en Madrid, pero él está en Marbella por curro un mes. Tres semanas sin él y ya estoy que ardo. Cada noche, videollamadas calientes, su voz ronca diciéndome lo que me haría. Hoy, jueves, me suelta la bomba: ‘Isabella, Diego vuela de Madrid a Marbella esta noche, te lleva. Duerme en la cama del jet si quieres, él sabe cómo eres, sin ropa’. Me río, ‘¿Y tú qué?’. ‘Bah, confío en ti, y él se porta bien’. Conozco a Diego, alto, musculoso, conquistador empedernido. Hemos flirteado, dormido juntos con Carlos en la misma cama en yates de amigos, su polla dura contra mis nalgas… pero nunca más allá.
El jet es puro lujo: cuero italiano negro oliendo a nuevo, champán Dom Pérignon en copas de cristal, luces tenues. Subo con un vestido de seda roja ceñido, tacones Louboutin. Diego me recibe con sonrisa lobuna, ‘¡Isabella, preciosa! Siéntate, despegamos ya’. Hojamos contratos en la mesa de caoba, él inversor, yo modelo para marcas top. Nuestras manos rozan, miradas que queman. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, digo quitándome la chaqueta, mi escote deja ver encaje negro. Él traga saliva, ‘Sí, como en Ibiza’. El jet sube, turbulencias leves, y cierra la mampara al piloto. Ahora somos solos en esta burbuja VIP. Se acerca, ‘Carlos me dijo que te teste… que vea si eres fiel’. Me quedo helada, ‘¿Qué coño?’. Llamo a Carlos en altavoz. ‘¡Dime que es broma!’. Él balbucea, ‘Eh… sí, quería saber… me excita imaginarte’. Diego asiente, su paquete ya hinchado en los pantalones. ‘Los tíos somos así, Isabella. Comparte o no’. Discutimos, pero la tensión estalla. Cuelgo: ‘Tu castigo: no sabrás nada hasta mañana’. Apago el móvil.
La tensión sube en el cielo del lujo
Diego me mira, ojos hambrientos. Dejo caer la cobertura de seda, quedo en tanga y sujetador. ‘Ven, pero sin meterla en mi coño ni en el culo. A tomar o dejar’. ‘¡Tomo!’, gruñe quitándose la camisa, torso tatuado reluciente de sudor. Me tumba en la cama king size, piel de raso fresco contra mi espalda. Sus labios devoran mi cuello, olor a su colonia cara, Versace. Manos grandes amasan mis tetas, pezones duros como piedras. ‘Joder, Isabella, qué pechos perfectos’. Gimo, ‘Mmm… despacio, cabrón’. Baja, lame mi ombligo, muerde la tanga. La arranca de un tirón. Su lengua ataca mi clítoris, chupando fuerte, dedos gruesos abren mis labios húmedos. ‘Estás empapada, puta’. Arcúo la espalda, ‘¡Sí, lame mi coño, Diego!’. Dos dedos dentro, curvados en mi punto G, mientras succiona. Exploto en orgasmos, jugos chorreados en su boca. Él jadea, ‘Ahora tú’. Saco su polla venosa, gorda, cabezona, oliendo a macho. La mamo profunda, saliva goteando, bolas en mi mano. ‘¡Cojones, qué boca!’. Se corre en mi garganta, semen espeso y salado que trago. Vuelvo a chupar, le saco otra leche en mis tetas, caliente resbalando por mi vientre. Él me come el culo con lengua, dedos en coño, yo tiemblo. Nos frotamos, su verga entre mis muslos, rozando mi raja sin entrar. Grito placeres, piel pegajosa de sudor y fluidos.
Agotados, nos acurrucamos, su polla semi entre mis nalgas. Duermo así, su mano en mi teta. Al amanecer, café en la mesa, él como novio perfecto: ‘Mi amor, ¿dulce?’. Paseamos de la mano al hotel, besos castos. Carlos espera, ansioso. Les dejo solos, fin de paréntesis. Ahora, secreto nuestro: lujo, traición dulce, élite intocable. Carlos más atento, Diego manda fotos calientes. ¿Y yo? Abierta a más, pero con reglas.