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Mi reencuentro prohibido en el yate privado

Hola, soy Carmen, una madrileña de 38 años que vive entre jets privados y fiestas exclusivas. Adoro el poder, el lujo que te hace sentir invencible. Hace unos días, en un yate anclado en Ibiza, el mundo se alineó para un reencuentro que me dejó temblando. Esteban, mi viejo amigo de juventud, el que me hizo conocer el sabor de una polla en la boca por primera vez. Ahora es un pez gordo en finanzas, traje impecable, ojos que queman.

Estábamos en la cubierta superior, rodeados de millonarios fumando puros caros. Olor a sal marina mezclado con cuero nuevo de los sillones. Brindamos con champán Dom Pérignon, burbujas frías en la lengua, dulces como un beso sucio. Hablamos de contratos, fusiones, millones en juego. ‘Carmen, este deal nos va a hacer ricos’, dice él, su mirada clavada en mis tetas bajo el vestido de seda roja. Yo cruzo las piernas, noto cómo mi coño se humedece. ‘Sí, pero falta tu firma aquí’, respondo, rozando su mano al pasarle el dossier. Sus dedos se demoran, un roce eléctrico. El corazón me late fuerte, recuerdos de sus gemidos en mi oído.

La tensión sube en el yate de lujo

La fiesta sigue, pero nos escabullimos. ‘Ven, revisamos los detalles en mi cabina’, le digo con voz ronca. Bajamos las escaleras alfombradas, el yate se mece suave. Cierro la puerta, el espacio VIP se vuelve nuestro secreto. Luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio. Él se sienta en el borde, yo me acerco lento, el aire cargado de deseo. ‘¿Recuerdas cómo te chupaba de adolescentes?’, pregunto, mordiéndome el labio. ‘Joder, Carmen, no pares ahora’, murmura, su polla ya abultando el pantalón.

Me arrodillo entre sus piernas, olor a colonia cara y hombre excitado. Abro su cremallera, saco esa verga gruesa, venosa, con el capullo brillando de precum. ‘Mira qué dura está por ti’, dice. La agarro, masturbo lento, sintiendo el calor en mi palma. Mi lengua lame el glande, salado, adictivo. La engullo entera, garganta profunda, babas goteando. Él gime, manos en mi pelo: ‘Sí, chúpamela como antes, puta’. Acelero, bolas en mi mano, masajeando. Se pone de pie, me folla la boca sin piedad, polla chocando en mi paladar.

Follada brutal en la cabina privada

No aguanto más. Me levanto, me quito el tanga empapado, subo el vestido. ‘Fóllame ya, Esteban’. Me tumba en la cama, piernas abiertas. Su polla roza mi coño rasurado, resbaladizo. Entra de un empujón, ‘¡Qué apretada estás!’, gruñe. Me penetra fuerte, tetas rebotando, olor a sexo y sudor. ‘Más duro, rómpeme el coño’, suplico. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo, clítoris frotando su pubis. Sus manos aprietan mis nalgas, un dedo en mi culo: ‘Te voy a follar el ojete después’. Gimo alto, orgasmo me sacude, chorros mojando sus huevos.

Me pone a cuatro patas, escupe en mi ano, mete la polla despacio. ‘¡Joder, qué estrecho!’, jadea. Me sodomiza brutal, cachetadas en el culo, pellizcando pezones. ‘Me corro, trágatelo todo’, ordena. Salgo, me arrodillo, leche caliente en mi boca, tragando cada gota, lengua limpiando su verga flácida. Sudados, besos salados.

Minutos después, volvemos a cubierta. Trajes perfectos, sonrisas falsas. ‘Firmado el contrato’, digo al grupo, su mano en mi cintura un secreto ardiente. Champán otra vez, como si nada. Pero sé que volverá, este elite comparte más que negocios.

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