Estábamos en el yate privado de ese magnate ruso, anclado en la Costa Azul. Todo olía a lujo: cuero italiano nuevo en los sofás, champagne Dom Pérignon helado burbujeando en copas de cristal. Mi marido y yo, quadras con pasta y ganas de más, cerrando un contrato millonario. Él, alto y fornido, con esa barriguita que me encanta para acurrucarme. Yo, curvas de infarto: tetas 115G firmes, culo ancho como reloj de arena, caderas que matan.
Llevaba un vestido de seda morado, largo, sin sujetador. Las tirantes finas apenas aguantaban mis pechos pesados. Después de la cena, fingí un sueñecito en el sofá del salón VIP, piernas subidas, falda subida al muslo. Mi marido salió a por más cava, dejándome sola con el ruso. Papeles del contrato sobre la mesa baja, pero sus ojos… ay, esos ojos devorándome el escote.
La tensión sube en el salón exclusivo
Oí su respiración pesada. El sol poniente entraba por los ventanales, iluminando mi piel. Una tiranta cedió, pop, y mi teta izquierda saltó libre, pezón oscuro ya duro como piedra. No me moví. Él se acercó sigiloso, polla hinchándose en los pantalones caros. Me miró fijo, mano en la bragueta. El aire cargado de testosterona y mi perfume caro.
Desde mi rincón, vi todo. Mi marido volvió por la popa, se escondió tras una mampara de cristal esmerilado. Observándonos. El ruso, hipnotizado, sacó su verga gruesa, violeta el glande, venosa. La meneaba lento, oliendo mi excitación que ya mojaba las bragas blancas.
Me removí adrede. La seda resbaló, liberando las dos tetas. Pezones hinchados, frambuesas maduras. Falda arriba, piernas abiertas, pubis abultado bajo la tela fina. Él jadeaba, paja acelerada. Mi mano subió, pellizqué un pezón… umm, qué gustazo. Cerré ojos, pero veía todo. Segunda mano en la otra teta, retorciéndola suave. ¿Sueño? No, puro teatro.
Sus ojos en llamas. Mi coño chorreaba, bragas pegadas marcando labios gordos. Deslicé dedos bajo tela, toqué mi matojo negro espeso, luego labios hinchados. Él se pegó a la ventana interior, verga contra cristal. Yo abrí más piernas, saqué bragas empapadas y las tiré por la rendija. Las atrapó, las frotó en su glande baboso.
Ahora sí, ojos abiertos, le miré. ‘Mira cómo me corro por ti’, murmuré. Me deslicé en el sofá, coño al aire: rosado, abierto, jugoso. Dos dedos dentro, follándome fuerte. Chup, chup, sonidos húmedos. Él pajeándose furioso, verga enorme palpitando. Lengua fuera, como queriendo mamarla. Él gruñó, leche espesa chorreada en la ventana y mis bragas, espasmos mudos.
El polvo brutal y el regreso a las apariencias
Yo exploté: cuerpo arqueado, temblores, coño contrayéndose, chorros de jugo en el cuero. Mi marido, tieso como palo, sin correrse aún. El ruso se guardó la polla, sonrisa satisfecha, se fue a cubierta.
Mi marido entró, sonrisa pícara. ‘¿Dónde tu tanga, puta?’, dijo abriendo mis muslos. Lamí su coño abierto, tragué mi miel mezclada con olor a mar. Clítoris hinchado, lo succioné. Otro orgasmo me sacudió, gritito ahogado.
Él sacó su polla dura, sin calzoncillos. ‘Te vi, zorra’. La clavó en mi coño resbaladizo, embestidas profundas. Follando como animales en ese yate de ensueño. Corrí tercera vez, él sacó y eyaculó ríos de leche en mi pubis, empapando pelos.
Arrodillado, lamió su propia corrida de mi coño. ‘Quiero limpiarte su leche algún día’, jadeó. Yo reí: ‘El finde sigue, amor’. Nos besamos, sabores mezclados: semen, coño, champagne.
Nos arreglamos. Tirantes perfectas, vestido abajo. Firmamos el contrato con el ruso, copa en mano, risas educadas. Secretos de élite, apariencias intactas. Pero mi coño aún palpitaba bajo la seda.