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Mi encuentro salvaje con una polla monstruosa en un yate de lujo

Hola, soy Lucía, 26 años, española de fuego, con curvas que vuelven locos a los peces gordos. Acabo de bajar de un yate privado en Ibiza, el corazón aún latiéndome a mil. Fue con Fabián, 29 años, 1,78 m, moreno, ojos marrones… normalito, pero con un secreto que corre como pólvora en estos círculos VIP: una polla de 29 cm, gruesa como mi muñeca, 6,5 cm de diámetro. Umm, la rumeur decía ‘cola de burro’, y yo, curiosa como una gata en celo, quise comprobarlo.

Estábamos en la cubierta del yate, rodeados de lujo puro. Asientos de cuero negro oliendo a rico, champán Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal, brisa salada mezclada con su colonia cara. Firmábamos un contrato millonario, yo como intermediaria para un cliente árabe, él el inversor. Papeles sobre la mesa de teca, pero las miradas… ay, esas miradas. Sus ojos bajaban a mis tetas apretadas en este vestido de seda roja, ceñido como un guante. Yo notaba el bulto en su pantalón blanco, enorme, presionando. ‘¿Todo bien con los términos, Lucía?’, dice él, voz grave, mientras roza mi mano al pasar la pluma. ‘Sí… umm, perfecto, pero… ¿es verdad lo que dicen de ti?’, suelto, mordiéndome el labio. Él sonríe, pícaro. ‘Ven, hablemos en privado abajo’. El espacio VIP se cierra: puerta de la cabina, luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio.

La tensión sube en la cubierta del yate

Ya dentro, el aire cargado de deseo. ‘Muéstramela, Fabián, no aguanto más’, le digo, voz ronca. Él se baja el pantalón, y ¡joder! Sale el monstruo, tieso, venoso, palpitando. ‘¡Hostia, es… es gigante!’, balbuceo, ojos como platos. Manos temblando, la agarro, no cierra mi palma. Piel suave, caliente, olor a hombre puro. Me arrodillo, cuero del suelo fresco bajo mis rodillas. La lamo desde las bolas pesadas hasta el glande hinchado, salado. ‘Mmm, sabe a poder’, gimo. Él gime: ‘Chúpala, puta’. Abro la boca al máximo, entro el glande, lengua girando, saliva chorreando. No cabe más, me ahogo, pero sigo, mano branlando el tronco.

’69, ahora’, ordena. Me tumbo en la cama de seda, él encima. Su polla en mi cara, bolas en mi nariz, olor almizclado. Yo abro las piernas, coño rasurado chorreando, labios hinchados. Su lengua ataca mi clítoris, dura, circling. ‘¡Sí, lame mi coño mojado!’, grito. Dedos suyos, dos en la chatte, uno en el culo, estirándome. Yo mama su verga como loca, garganta profunda fallida, escupo, branlo furiosa. Gimo contra sus huevos. Él aspira mi clítoris, mordisquea labios, lengua follando mi ano. ‘¡Me corro, joder!’, exploto, cuerpo temblando, jugos en su boca, sabor frambuesa y sal.

El clímax brutal en la cabina privada

‘Quiero follarte’, dice, preservativo King Size listo. Me pone a cuatro, glande en mi entrada. Empuja… duele, estira mi coño al límite. ‘¡Aaaah, despacio, me partes!’, lloro, pero empujo atrás. Solo entra la cabeza, ardor delicioso. No pasa, frustración. ‘No cabe, cabrón’. Él suspira: ‘Entonces te vacío en la boca’. Me arrodillo, mano volando en su polla, lengua en el frenillo. ‘Córrete, dame tu leche’. Explota: chorro en mi cara, frente, nariz, boca llena. Trago todo, goteando, ‘¡Deliciosa, puta leche VIP!’. Limpio con lengua las últimas gotas.

Subimos a cubierta, contratos firmados, champán en mano. Sonrisas cómplices, como si nada. ‘Buen negocio, Lucía’, guiña. Secreto nuestro, élite pura. Pero umm, la próxima traigo lubricante… esa bestia será mía.

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