Acabo de bajar del yate de mi amiga Isabella, esa millonaria que siempre me invita a sus fiestas exclusivas. Eh… fue una locura. Imagínate: el sol cayendo en el Mediterráneo, el cuero de los asientos oliendo a nuevo, caliente bajo el sol. Yo llevaba un bikini diminuto de seda italiana, casi transparente, que rozaba mis pezones duros. Isabella y yo revisábamos unos contratos en la cubierta VIP, papeles de inversiones millonarias. Sus ojos… uf, no paraban de bajar a mis tetas generosas, apretadas contra la tela fina. ‘Sofía, firmas aquí’, me dice, pero su voz tiembla un poco, y su mano roza la mía. El champagne Dom Pérignon burbujea en las copas, sabe a fresas y pecado, fresco en la garganta.
El mayordomo, un tipo alto, moreno, con uniforme impecable, trae más hielo. Se llama Marco. Lo pillo mirándome el culo cuando me inclino sobre la mesa. Sus ojos… hambrientos. Isabella ríe bajito. ‘Marco, ¿te gusta lo que ves?’. Él se sonroja, pero no aparta la vista. La tensión sube como la marea. El viento trae olor a sal y a su colonia cara, masculina. De repente, Isabella cierra la puerta de la suite privada. ‘Chicas, dejemos los papeles. Aquí no hay cámaras, solo nosotros’. El espacio se cierra: sofás de terciopelo rojo, luces tenues, el rumor de las olas contra el casco. Mi corazón late fuerte, siento mi coño humedeciéndose ya.
El lujo que enciende la piel
Entramos las tres. Isabella me quita el bikini de un tirón, suave como seda. ‘Mira estas tetas, Marco. Tócalas’. Él obedece, sus manos grandes las aprietan, amasan. Uf… duele un poco, pero rico. Mis pezones se ponen como piedras. Yo le bajo los pantalones: su polla salta, enorme, venosa, goteando ya. ‘Joder, qué pedazo de verga’, gimo. Isabella se arrodilla primero, la chupa con hambre, saliva chorreando por el tronco. Lengüetazos largos, del capullo a las huevos peludos. Yo me tumbo en el sofá, abro las piernas. ‘Ven, Marco, fóllame el coño’. Él se pone entre mis muslos, el cuero cruje bajo mi culo. Empuja: entra de golpe, me llena hasta el fondo. ‘¡Ahhh, sí, rómpeme!’, grito. Su polla me estira, palpita dentro, choca contra mi cervix.
El fuego desatado en la suite privada
Isabella me besa, su lengua sabe a champagne y polla. Yo le meto dedos en el coño lampiño, resbaladizo, chorreando jugos. Marco me bombea fuerte, mis tetas rebotan, slap-slap contra mi pecho. Cambio: me pongo a cuatro patas, él me agarra las caderas, me da azotes en el culo. ‘¡Más duro, cabrón!’. Su polla me taladra, siento cada vena rozando mis paredes. Isabella se tumba debajo, me lame el clítoris hinchado mientras él me folla. ‘Tu coño sabe a miel, Sofía’. Explosión: yo me corro primero, chorros calientes salpicando su cara. Marco gruñe, saca la polla y nos la casquetea a las dos. Semen espeso, blanco, nos pinta las tetas, la cara. Lo lamemos mutuamente, salado, pegajoso.
Jadeamos, sudados, oliendo a sexo puro. Isabella se limpia con una toalla de hilo egipcio. ‘Venga, chicas, el chef espera para la cena’. Nos vestimos rápido: yo mi bikini, ella su caftán vaporoso, Marco su uniforme. Salimos a cubierta como si nada. Firmamos los contratos con sonrisas frescas, brindamos. Nadie en el yate sospecha. Ese secreto elite… nos une para siempre. Mañana, otro jet privado. ¿Quieres detalles?