Me despierto con el sol filtrándose por las cortinas de seda en la suite del yate. Huele a sal marina y cuero nuevo de los sofás. Carlos ya está ahí, revisando los contratos en la mesa de mármol, con una copa de champagne en la mano. Ese sabor burbujeante, fresco, me hace sonreír. Llevo solo un kimono de raso que roza mi piel como una caricia.
—Buenos días, Sofia —dice, sus ojos bajando por mi cuerpo—. ¿Dormiste bien?
La Tensión en el Paraíso Flotante
Asiento, sentándome frente a él. Nuestras rodillas se rozan bajo la mesa. Hablamos de negocios, pero las miradas… uf, queman. Sus dedos tamborilean en el papel, y yo siento el calor subiendo. “Firma aquí”, murmura, pero su voz es ronca. El yate se mece suave, aislándonos del mundo. Cierro la puerta de la suite VIP. Ahora somos solo nosotros.
Me acerco, el perfume de su colonia cara me invade. “Cuéntame de ti”, le pido, mientras sirvo más champagne. Hablamos de amores pasados. Le confieso lo mío: vagin seco, imposible follar normal, pero culo… ay, el culo que adoro. Él ríe bajo, excitado. “Yo también tengo historias”, dice, y me cuenta de tríos, de esposas que miran.
La tensión explota. Se pone de pie, me quita el kimono. Mi piel erizada al aire fresco del mar. “A cuatro patas, puta”, ordena, voz firme. Obedezco, el suelo de teca cálido bajo mis rodillas. Sus manos en mi culo, olor a su sudor mezclado con loción. Me da una nalgada, duele rico. “Más fuerte, por favor”, gimo.
Me f esa hasta que mis nalgas arden rojas. Luego, su lengua en mi coño depilado esta mañana. Rasurado fresco, suave. Me lame el clítoris, chupa labios, mete lengua adentro. Huelo mi propia humedad, salada. Me corro temblando, piernas flojas.
El Placer Brutal y el Secreto Compartido
“Ahora, cam girl para mí”, dice, encendiendo la cámara del yate, privada, solo para él y… ¿quién sabe? Me venda los ojos con su corbata de seda. Manoseo tetas, pellizco pezones duros. Luego, el vibrador enorme del cajón: 30 cm, grueso como mi muñeca. Negro, brillante.
A cuatro patas, culo a la cámara. Él lubrica, frota mi ano. “Pídemelo, zorra”. Dudo, trago saliva. “Por favor, métemelo en el culo, hasta el fondo”. Empuja lento, duele como fuego, pero me froto el clítoris. Grito, jadeo, el ano se abre tragándolo. Vibra… ¡Dios! Me corro salvaje, espasmos, riendo y llorando, culo palpitando.
Se va al baño, yo exhausta. Vuelve, me chupa la polla—no, soy yo quien se arrodilla. Su polla dura, venosa, la trago profunda, saliva chorreando. Gime, me folla la boca hasta correrme en la garganta, espeso, caliente.
De repente, ruido en cubierta. Su socio y esposa suben. Me pongo el kimono rápido. Ella sonríe pícara. “Hermosa, pero menos salvaje que en la cam”, dice, tirando la corbata. Los ojos de todos brillan. Han visto todo. Carlos guiña: “El contrato está firmado”.
Brindamos champagne, como si nada. Risas educadas, planes de negocio. Pero bajo la mesa, su mano en mi muslo. Secreto de élite. Bajo del yate, piernas temblando, recordando el olor a sexo y lujo. Volveré por más.