Estaba en ese yate impresionante, anclado en las costas de Ibiza. El sol se ponía, tiñendo el mar de oro. Olía a sal, cuero nuevo de los asientos y ese champagne Dom Pérignon que burbujeaba en copas de cristal. Yo, con un vestido de seda roja que se pegaba a mi piel sudada por el calor. Él, David, el magnate del petróleo, con su traje impecable, camisa abierta mostrando ese pecho bronceado. Estábamos revisando contratos en la suite VIP, papeles por valor de millones. Pero sus ojos… Dios, sus ojos me devoraban.
“Firma aquí, cariño”, dijo con esa voz grave, rozando mi mano. Yo dudé, mordiéndome el labio. El aire se cargaba. Nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa de mármol. “¿Estás nerviosa?”, murmuró, su aliento cálido en mi cuello. Negué con la cabeza, pero mi coño ya palpitaba. Dejó el bolígrafo, su mano subió por mi muslo. “Este yate es nuestro ahora. Nadie entra sin mi orden”. Cerró la puerta blindada con un clic. El espacio se volvió privado, solo nosotros, el rumor de las olas y mi corazón latiendo como loco.
La Tensión que Enciende el Yate de Lujo
Me puso de pie, desnuda en segundos. Mi piel erizada por el aire acondicionado. Él detrás, su torso duro contra mi espalda, sus caderas presionando mis nalgas. Sentí su polla dura, gruesa, subiendo entre ellas. “¿Quieres esto?”, susurró, besando mi cuello. Su lengua jugaba con mi oreja, suave, como si lamiera mi clítoris. Sus brazos me envolvieron. Mano izquierda bajando por mis curvas: caderas, vientre, tetas. La derecha quieta en mi ombligo, mientras yo jadeaba. No aguantaba más. Su verga rozándome, pero él… calmado, jodidamente calmado.
Sus dedos se volvieron precisos. En mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. La otra mano bajó, abrí las piernas. Metió un dedo en mi coño empapado, abriendo labios hinchados. ¡Joder, ese dedo! Me dio más placer que muchas pollas. Vaivén lento, luego al clítoris. Arqueé la espalda, gimiendo bajito. Mis caderas se movían solas, frenéticas. Él respondía con empujones, una danza sucia. “¡David, por favor!”, supliqué. Estaba al borde, pero… se paró. Me giré, atónita. Sonrió: “No aún, puta mía”.
El Éxtasis Brutal y Nuestro Secreto Elite
Me puso de rodillas en la cama king size, trasero en pompa. Ecartó mis muslos calientes. Su dedo experto otra vez en mi coño, lento para torturarme. Bajaba más, rozando mi ano abierto en esa postura. Luego, otro dedo ahí, suave. ¡Dios! Penetrándome por coño y culo con la misma mano. No sé cómo, pero sus dedos follaban mis muslos, precisos, delicados. Me temblaban los brazos, caí de codos. Lista para correrme, pero paró. “¡Fóllame ya! ¡Fóllame!”, grité. Me besó para callarme, su lengua invadiendo mi boca.
Boca abajo en las sábanas de hilo egipcio. Bajó besando, lamiendo hasta mi coño. Su lengua en mis labios, sensible, rozando clítoris. No me dejó acabar, solo avivó el fuego. Mis muslos apretaron su cabeza. “¡Tómame! ¡Tómame, joder!”. Paró. Mi pecho subía y bajaba, sudado, oliendo a sexo. Entonces, su polla dura como hierro me penetró de golpe. Un grito salvaje salió de mí. Me corrí al instante, una explosión total. Mi cuerpo entero convulsionaba, anguila en sus brazos. Él me sujetaba las manos, follándome profundo. Grité, gemí, corrí como nunca. Esa frustración acumulada estalló en un orgasmo brutal, interminable.
Después, se corrió dentro, caliente. Nos quedamos jadeando. Se levantó, se ajustó el traje. “Firma los contratos, preciosa”. Champagne otra vez, como si nada. Sonrisas cómplices, ese secreto elite entre nosotros. Bajamos a la cubierta, rodeados de invitados VIP. Nadie sospechaba. Pero yo aún sentía su semen goteando. Nada que dolió tanto, placer tan puro. Gracias, David. Escribirlo me calma, pero revivo cada embestida.