Ay, chicas, acabo de bajar del yate de mi jefe en las Baleares. Todo empezó en esa cena bajo las estrellas, con el mar negro lamiendo el casco. Seis tías y cinco tíos, inversores top, contratos millonarios sobre la mesa de caoba. Olía a cuero italiano de los asientos, champagne Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal. Éric, el anfitrión, suelta: ‘¿Cuántas combinaciones hay para las suites esta noche?’. Todos ríen, pero yo noto las miradas. Lilian, el callado con ojos hambrientos, me clava los suyos cada vez que firmo un dossier. Yo, con mi vestido de seda roja pegado al cuerpo, siento el calor subir. Hago mi lista: él primero, aunque parezca imposible. Nos cruzamos poco, pero su reserva me pone.
La suerte nos empareja en la suite master. Entro, huelo a sábanas frescas, vista al infinito. Él llega, nervioso, ‘¿De verdad me elegiste?’. ‘Sí… no sé, química, ¿no?’. Silencio. Me desvisto detrás de la mampara de cristal ahumado, siento la seda resbalar por mis muslos. Él hace lo mismo, torpe, pyjama al revés. Nos metemos en la cama king size, luces tenues, ola suave meciendo el yate. ‘¿Vas a quedarte quieto toda la noche?’, susurro. Se gira, duda. Yo acerco mi mano a su pecho, pelo rizado, piel caliente. Nuestros labios chocan, torpes al principio, luego lengua profunda, saboreando el whisky en su boca.
La tensión en la cubierta VIP
Fuera, en la cubierta privada, oímos risas. Pero aquí, todo explota. Le bajo el pyjama, su polla salta dura, venosa, palpitando. ‘Joder, qué rica’, digo, lamiendo el glande salado. Gime bajito, manos en mi melena suelta. Yo me arrodillo en la alfombra persa, chupo hondo, bolas en mi mano, saliva chorreando. Él me tumba, arranca mi tanga de encaje, ‘Tu coño… está empapado’. Huele a mar y a mí, poquito pelito negro recortado. Me abre las piernas, lengua en mi clítoris, chupando fuerte. ‘¡Sí, así, lame mi coño, cabrón!’. Grito suave, tetas rebotando, pezones duros rozando la seda. Me corro rápido, jugos en su barbilla.
El regreso al brunch de élite
Lo monto, guío su polla gorda dentro. ‘¡Fóllame despacio!’. Entra ceñido, mi coño lo aprieta, paredes calientes. Subo y bajo, tetas en su cara, él mama pezones, mordisquea. Sudor mezclado con colonia cara. Cambio, él encima, embiste duro, ‘¡Tu coño es una puta gloria!’. Plaf plaf, piel contra piel, yate bambolea. Veo sombras fuera: Caroline y Hervé espiando desde la barandilla, ella tocándose bajo la falda. No paramos. ‘¡Míralos, nos ven!’, digo excitada. Él acelera, ‘Me corro…’. ‘¡Dentro, lléname la chochita!’. Exploto otra vez, él eyacula chorros calientes, profundo, gimiendo ‘¡Soniaaa!’. Nos derrumbamos, semen chorreando mis muslos.
Al día siguiente, brunch en la terraza. Caviar, fresas con crema, mimosas frías. Todos ahí, Éric guiña: ‘¿Bien dormisteis?’. Sonrisas pícaras. Lilian evita mi mirada, pero su pie roza el mío bajo la mesa. Hélène suelta: ‘Oí gemidos… ¿lobos marinos?’. Risas. Yo, serena, sorbo champagne: ‘Seguro, salvajes en alta mar’. Nuestros ojos se cruzan un segundo, secreto élite. Firmamos más contratos, como si nada. Pero sé que esta noche, repetimos. El poder, el lujo… y ese polvo inolvidable.