Hace dos años, en mi ático del Ritz en París, todo olía a cuero nuevo y Chanel No. 5. El salón era puro lujo: sofás de piel italiana, biblioteca repleta de catálogos de arte, cuadros abstractos con toques eróticos en las paredes. Vistas a la Torre Eiffel al atardecer. Richard entró, el compositor que iba a crear para nuestro evento privado en un club exclusivo de Londres. Sponsors top, vernissage de Melanie Farklan, esa pintora que pasa del sexo a la creatividad.
—Richard… ¿te importa si te llamo así? —le dije, sonriendo mientras le tendía la mano. Su mirada se clavó en mis labios rojos, en el escote de mi blusa de seda negra. Vestía falda ajustada, medias negras que crujían al caminar, botas de cuero hasta la rodilla. Él se sentó frente a mí, traje impecable, pero vi cómo tragaba saliva.
La tensión sube en el salón privado
Lorena, mi asistente, entró con una botella de Dom Pérignon helado. Pelo rizado, pechos enormes bajo la camisa roja semitransparente. —No nos molesten, Lorena. Prepárate para lo de Nueva York —le ordené, y ella guiñó un ojo antes de cerrar la puerta. Brindamos. El champagne burbujeaba en mi lengua, fresco, con notas de almendra. Hablamos del contrato: 20 minutos de música para el Royal Philharmonic, primera parte Mussorgsky. Sala llena de élite londinense.
Saqué el libro negro brillante: ‘Melanie Farklan. Del sexo a la creatividad’. —Mira, Richard… conozco a Melanie… íntimamente —susurré, rozando su brazo. Puse su CD, poemas de Baudelaire con cuerdas. Su música me ponía cachonda. Me levanté, contoneándome, sintiendo su mirada en mis culos cambrados. Me incliné para ajustar el volumen, falda subiendo, mostrando el borde de las medias.
—Te gusta, ¿verdad? —le dije volviendo, con una escultura en la mano: un falo negro de metal pulido, de Melanie. Lo pasé por mi mejilla, garganta… bajando al pecho. Sus ojos se abrieron. Desabroché dos botones, dejando ver mi sujetador negro de encaje. Mi pezón se endureció bajo la seda.
El espacio se volvió nuestro. Puerta cerrada, música envolvente. Lorena reapareció con toallas calientes perfumadas a jazmín. Se besaron ella y yo, lenguas jugosas, mientras Richard nos miraba, polla hinchándose en los pantalones.
Ahora lo crudo. Me giré, apoyada en la biblioteca, subí la falda lenta: —Mira mi coño, Richard… —String negro empapado, tozuda negra asomando. Metí el falo entre mis labios mayores, resbaladizo de jugos. Gemí: —Ahh… está mojado para ti. Lorena se arrodilló, masajeando mis tetas con la toalla caliente, chupando pezones duros como piedras.
El clímax brutal y sin filtros
—Quítate los pantalones, joder —le ordené. Él obedeció, polla gruesa saltando libre, venosa, cabeza brillante de precum. Lorena la envolvió en toalla tibia, masturbándola despacio: arriba-abajo, apretando. Yo me masturbaba frenética con el falo, coño chorreando, olor a sexo llenando el aire.
La besé a ella, profundo, mientras ella le chupaba la verga: labios estirados, saliva goteando, garganta profunda. —¡Mámamela toda, puta! —gemí. Él jadeaba, manos en mi pelo. Guie su mano al falo: —Métemelo… fóllame con él. Entró hondo, chapoteando en mi coño abierto, clítoris hinchado palpitando.
Lorena lamió sus huevos, dedo en su culo. Yo monté su cara, coño en su boca: lengua girando, sorbiendo mis jugos salados. —¡Sí, lame mi chochito! —grité. Él embestía el falo, yo me corría primero: chorros calientes en su cara, piernas temblando.
Cambié: Lorena en su polla, yo cabalgándolo. Su verga me abrió entera, hasta el fondo, golpeando útero. —¡Fóllame duro, cabrón! —Rebotaba, tetas saltando, sudor mezclado con perfume. Lorena se frotaba el coño en su muslo, gimiendo.
Él explotó: —¡Me corro! —Llenó mi coño de leche espesa, caliente, desbordando. Lorena lamió el resto, besándome con su sabor en la boca.
Después, jadeantes, nos vestimos. Toallas limpiaron todo. Champagne otra copa. —El contrato está listo, Richard. En Londres, devuélveme el libro… y el falo —sonreí, guiñando. Él asintió, cómplice. Salimos como si nada, secretito de élite guardado. Su música sonaba aún en mi cabeza… y en mi coño palpitante.