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Mi polvo inolvidable con el repartidor en el yate privado

Estábamos en nuestro yate privado, anclado en la Costa Azul. El sol se ponía, tiñendo el mar de oro. Mi marido, ese tiburón de los negocios, revisaba contratos en la cubierta de teca pulida. Yo, con un vestido de seda negra que se pegaba a mis curvas, sorbía champán Dom Pérignon. Burbujas frías en la lengua, olor a sal y cuero nuevo de los sillones italianos. Eh… entonces llegó él. El joven repartidor de la entrega VIP. Teint bronceado, delgado, camisa ajustada sudada por el esfuerzo. Traía un paquete discreto, de esos que solo los ricos pedimos: juguetes exóticos, lencería de París.

Mi marido lo vio y sonrió pillo. ‘¿Quién es?’, pregunté yo, asomándome semidesnuda, solo con tanga de encaje. ‘Un repartidor guapo, como nuestra botella de cristal tallado’, soltó él, burlón. ‘No te vayas, chico. Sabes que estos servicios piden feedback: ¿contento? ¿excede expectativas? Si quieres que marque lo máximo, entra un rato’. Lo invitó al salón privado, puertas de caoba cerrándose con clic suave. Olía a su colonia barata mezclada con nuestro perfume caro. Tensiones subiendo. Miradas cruzadas sobre los dossiers abiertos. Mi piel erizada bajo la seda, pezones duros rozando tela. Él tartamudeaba: ‘Señora, el paquete es para…’. Mi marido: ‘Cállate y mira cómo mi mujer tiene el coño ardiendo. Yo cierro ojos a un polvo rápido, pero dame tu chaqueta de uniforme. Me disfrazaré para sorprender a esa rubia del yate vecino, la de la suite presidencial que olía a Chanel No5 y me ponía la polla tiesa en el muelle’.

La llegada al yate y la chispa prohibida

Me quitó la chaqueta al chico, rozando sus hombros firmes. ‘Ella empieza siempre chupándosela, no lo sabes aún. Y si silba esa melodía de película… al culo directo’. Se fue riendo, paquete en mano. Quedamos solos en el camarote VIP. Luces tenues, sábanas de hilo egipcio crujiendo. ‘¿Entramos?’, susurró él, ojos en mi escote. Asentí, corazón latiendo fuerte. Puertas cerradas, espacio nuestro. Le bajé los pantalones. Polla dura saltando, venosa, goteando precum salado. La olí: mar, sudor macho. ‘Mmm, qué rica’, murmuré. La metí en boca, lengua girando cabeza, bolas pesadas en mi barbilla. Él gemía: ‘Joder, señora…’. Chupé hondo, garganta apretando, saliva chorreando por comisuras.

El clímax salvaje y el regreso al lujo

Lo tiré en la cama king size. Monté encima, coño chorreando lubricante natural. ‘Fóllame ya’, ordené. Su polla entró de golpe, estirándome paredes calientes. Embestidas brutas, piel chocando chapoteando jugos. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, grité. Sudor mezclado, olor a sexo puro. Le arañé espalda, uñas rojas dejando surcos. Luego, me puse a cuatro, culo en pompa. Silbé bajito: ‘El puente sobre el río Kwai…’. Él lo pilló: ‘¿Anal?’. Vaselina de la mesita, dedo primero abriendo ano prieto. Polla empujando, centímetro a centímetro, quemando placer. ‘¡Aaaah, rómpeme el culo!’, chillé. Me sodomizó salvaje, bolas golpeando clítoris. Orgasmo mío explotando, contracciones ordeñándole leche. Él eyaculó dentro, caliente llenándome recto. Colapsamos jadeando, piel pegajosa.

Minutos después, mi marido volvió, chaqueta repartidora puesta. ‘¿Todo bien?’. Yo, recomponiéndome: ‘Coché todo: se preocupa, cuida, respeta, puntual… ¡Y excede expectativas!’. Él: ‘Vino sin avisar y me hizo correrme como nunca’. Brindamos champán fresco, burbujas picando lengua. Apariencias intactas: contratos cerrados, yate zarpando. Secreto elitista nuestro, adrenalina del poder. Él se fue con propina gorda, guiño cómplice. Como si nada, pero mi culo aún palpita recordándolo.

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